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Dios nuevamente me ayudó

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Clamo al Señor en mi angustia y él me responde, Salmos 120: 1.

MI PERIODO DE DECANA ESTABA por terminar. Eran los últimos ejercicios iniciales que presidiría tras tres duros, alocados y enriquecedores años en mi puesto. Se acumulaban la ansiedad y el estrés. Aunque estaba preparada y mi discurso estaba bien redactado (a máquina y con tiempos calculados), mi sinusitis de nuevo atacaba inmisericorde. Me costaba trabajo respirar y horror de horrores, eran muy evidentes los síntomas de un ataque de asma. Además, un dolor severo en mi región lumbar había aparecido esa misma mañana. Estuve ocupada hasta avanzada la tarde despachando deberes, mientras intentaba evitar que mis problemas interfirieran con el trabajo del día.

De camino a mi casa, antes de volver a la ciudad para los ejercicios, me detuve en una clínica. Me inyectaron un combinado de analgésicos y relajantes musculares. Mientras estuve ahí, repasé mi discurso y una vez recibida la inyección, procedía volver a mi casa. Cuando llegué, me di cuenta de que había dejado el fólder con mi discurso en la clínica. Traté de conservar la calma y llamé. Me aseguraron que el fólder estaba seguro en un escritorio y podría recogerlo de camino a la graduación.

Tomé más medicamentos, incluyendo terapia respiratoria. Salí hacia el lugar donde se llevaría a cabo la ceremonia, con una escala inmediata en la clínica. Mientras conducía, oré: «Señor, sabes cómo estoy y es demasiado tarde para encontrar un reemplazo. Además, el vicedecano está enfermo y no asistirá a la ceremonia. Sin tu ayuda, Padre, no podré seguir esta noche. ¡Actúa! Gracias».

Llegué al Teatro Nacional, me estacioné y salí del auto sin sentir algún dolor ¡Milagro de milagros! Mi respiración era tranquila y fácil, mi voz clara y pude caminar derecha hasta la entrada del edificio, donde el maestro de ceremonias esperó a escoltarme a mi lugar en el podio. El programa salió sin problemas, di mi discurso y hubo aplausos. Presentamos los grandes logros de nuestra administración y planes futuros y dimos reconocimiento a quienes nos habían apoyado.

Volví a casa alabando a Dios por su misericordia y ayuda efectiva en mi muy real momento de prueba. Llamé al Señor y él respondió. ¡Como siempre!

Marion V. Clarke Martin


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