Regresar

La puerta del corazón

Matutina para Android

Play/Pause Stop
Busquen al Señor mientras es posible encontrarlo, invóquenlo mientras está cercano, Isaías 55: 6.

CUANDO NOS MUDAMOS A NUESTRA CASA, los vecinos de al lado eran una madre y su hijo adolescente. Tenían una vida muy ajetreada que incluía discusiones agritos, puertas azotadas y muchas idas y venidas nocturnas. A veces mi esposo y yo no podíamos dormir bien. Hasta se nos ocurrió que el muchacho podía ser peligroso en ciertas circunstancias.

Una noche, de nuevo nos despertaron unos ruidos estruendosos. Ruedas que rechinaban, risas alocadas y luego, alguien que golpeaba la puerta trasera justo debajo de la ventana de nuestro dormitorio. Esta vez, la madre estaba harta del comportamiento de su hijo y lo había dejado fuera de la casa. Durante las siguientes dos horas, supimos (mediante los gritos de ambos) que la madre le había dicho que no saliera esa noche e hiciera algunos quehaceres en la casa, pero él había preferido salir con sus amigos sin llevar sus llaves. Era evidente que había bebido demasiado y estaba furioso.

-¡Mamá, sino abres la puerta, la voy a derribar! ¡Sabes que sí soy capaz!

-¡Entonces llamaré a la policía! ¡Toma una silla del jardín y duérmete ahí!

Él gritó y maldijo, obviamente sin pensar en nosotros dos, acobardados en nuestra casa a unos metros de distancia. Después de un rato comenzó a cansarse y su actitud cambió. Desesperado porque no podía entrar, actuó como si fuera niño otra vez.

-Por favor, mamá. Ya déjame entrar. No quiero quedarme aquí toda la noche. ¿Sí, mamá?

Rogó, imploró, lloró. Todo fue inútil. En un último esfuerzo golpeó la puerta y sus palabras casi me rompieron el corazón.

-Mamá, tienes que dejarme entrar. ¡Soy tu hijo!

Se mudaron poco tiempo después y nunca volvimos a saber de ellos. Pero jamás he olvidado esa noche o esas palabras. A veces me pregunto si lo mismo podría sucedernos en el tiempo del fin. En vez de reconocer a Dios cuando llama a la puerta de nuestro corazón y pide que lo dejemos pasar, ¿esperaremos hasta el último minuto y luego gritaremos «¡Señor, tienes que salvarme, soy tu hija!»?

Él prometió que vendría en breve. Escuchemos su amoroso llamado, respetemos las reglas (hagamos nuestros deberes, por así decirlo) y estemos listas para cuando vuelva.

Carol Wiggins Gigante


Envía tus saludos a:
No Disponible