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Pete el vagabundo

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La lengua es fuego con una fuerza inmensa para el mal, Santiago 3: 6.

CRECIMOS EN PLENO MINNEAPOLIS y viajábamos en el viejo tranvía para ir y volver de la escuela de la iglesia todos los días. Mamá y papá eran muy pobres, pero nos enviaron a sus tres hijos a la escuela de la iglesia. Sabía que mi papá podaba césped y jardines después del trabajo para pagar la colegiatura. Nuestros padres cuidaban mucho el dinero y raramente nos daban caramelos o golosinas. Así que cuando hacía buen clima, caminábamos las nueve cuadras a casa y gastábamos la tarifa del transporte en caramelos o helado. (Nunca nos atrevimos a decirle a mamá.)

De camino a nuestra casa, en la 29 y Hennepin, había un puente sobre vías férreas. Habíamos escuchado que ahí debajo vivían vagabundos, así que una vez nos asomamos por el barandal y vimos a un hombre que cargaba un largo palo sobre su hombro, con un gran saco atado a un extremo. Así, cada vez que caminábamos a casa buscábamos al hombre de las vías y gritábamos por sobre la orilla del puente: «¿Eres Pete el vagabundo?». Luego echábamos a correr tan rápido como podíamos.

Un día nos amenazó con el puño, pero eso no nos detuvo. Pensábamos que gritar a Pete y huir era divertido. Se volvió costumbre llamar a Pete y preguntar si era un vagabundo. Por supuesto, no siempre veíamos al mismo hombre. (Tampoco le dijimos eso a mamá.)

Regresábamos directamente de la escuela de la iglesia, donde habíamos aprendido versículos como «Sean, en cambio, bondadosos y compasivos los unos con los otros» y «Como yo los he amado, así también ámense los unos a los otros». Aun así, en el puente no fuimos muy amables con Pete.

Sin embargo, un día recordamos los versículos de memoria y decidimos hablarle de Pete a mamá. Se puso triste por lo que habíamos hecho y nos sentó para explicarnos, que esos hombres no tenían familias que los amaran, así que vivían bajo el puente o se subían a un tren. Sobre todo, casino tenían qué comer. Nos sentimos muy mal y deseamos disculparnos con Pete. Dijimos a Jesús y a nuestra mamá que lo lamentábamos.

Cómo agradecemos hoy que pudimos ir a una escuela cristiana y tuvimos una madre devota que nos explicó lo bueno y lo malo. Nunca he olvidado a Pete. Me ayuda a recordar que debo cuidar mis palabras.

Darlene Ytreddal Burgeson


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