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Una buena acción devuelta

Matutina para Android

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La desgracia persigue a los pecadores, el bien recompensa a los justos, Proverbios 13: 21.

UN HOMBRE QUERÍA INSCRIBIR a su pupilo en la escuela donde yo trabajaba unos años antes de que me jubilara del servicio público en mi país. Yo era la oficial encargada y sin muchos rodeos, rápidamente lo atendí, coloqué al chico en un salón y olvidé el incidente.

Unos años después tuve que viajar muy lejos para asistir a una reunión de consejería de ministerio de la mujer. Tuve que pedir permiso para ausentarme de mi empleo.

La reunión fue exitosa y emprendí alegre el viaje de vuelta. Pero al diablo no le agradó nuestro éxito, así que quiso provocar problemas. Nuestro vehículo se descompuso como a tres horas de camino. Fue imposible reparar la camioneta en ese lugar y tuvimos que hacer que la remolcaran a la aldea más cercana, donde pasamos la noche. Sin embargo, al día siguiente la camioneta quedó arreglada y llegamos a salvo a casa.

Debido al retraso de la descompostura, no volví al trabajo en la fecha acordada. Fui directamente a mi escuela, pero cuando llegué, la oficial que alegremente me había despedido, ahora me miraba con un rostro amenazante.

-¿Qué pasó? - exigió saber; de repente se puso oficiosa. Habían recibido una inspección mientras yo no estaba y salió a relucir mi irregular ausencia; ella no pudo cubrirme o defenderme.

Al día siguiente fui a la oficina a reportar por qué había estado ausente cuando llegaron los inspectores. Esperé dificultades pero más bien, me saludó un oficial sonriente. Le hablé de mi misión y dijo que debía reportar mi ausencia al supervisor en jefe. Con alegría me dijo que firmara. Al firmar, vilos nombres de los demás miembros de nuestro personal. Cuando terminé, pedí que me dejaran ver al supervisor en jefe.

-¿Sabe quién soy? -preguntó.

Cuando dije que no, me dijo que él era el oficial a quien yo había ayudado años antes y que cuando fue a mi escuela y no me vio, preguntó por mí. Otros miembros del personal testificaron que no había faltado a propósito, así que decidió no enviar el reporte hasta que yo volviera y pudiera firmar la lista. No tuve que ver a otro oficial.

Rápidamente le agradecí. El Señor usó a ese oficial para cubrirme. Devolvió una amabilidad a la que yo no había dado mucha importancia. La bondad, aunque sea de rutina, es redituable.

Becky Dada


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