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¿Qué hacer con las pequeñeces?

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¿No se venden cinco pájaros por unos céntimos? Pues ni de uno de ellos se olvida Dios, Lucas 12: 6.

NUESTRO DIOS es grande, pero te preguntarás, ¿le interesan las pequeñeces? Déjame contarte una historia sobre cómo Dios se encargó de algo en mi lugar.

La humedad es un hecho de la vida en una isla tropical. Te acostumbras a sentirla siempre y que el sudor te recorra la espalda. A veces el aire es tan denso que tus pulmones parecieran llenarse de agua cuando respiras. Tu cuerpo termina por adaptarse, pero otras cosas, tal vez no.

Mis hermanos gemelos me habían regalado un reloj cuando cumplí dieciséis años. Después de un año de vivir en Saipán, mi reloj empezó a descomponerse. A veces funcionaba, a veces no. Al principio pensé que fallaba la batería, pero después de cambiarla, me di cuenta de que era culpa de la humedad. Durante varias semanas, me las arreglé. Cuando se detenía, lo manipulaba hasta que volviera a funcionar. Luego un día, sin pensarlo, metí mi mano en una gran jarra de agua para sacar algo; sumergí completamente el reloj. De inmediato lo sequé, pero ya se había detenido. Aunque hice muchos intentos, no pude hacerlo funcionar otra vez y al ver la condensación bajo el vidrio, con tristeza me di cuenta de que mi reloj especial ya no servía.

No sabía qué hacer. Para una maestra, un reloj es tan importante como su pluma roja y su silbato. Todo el fin de semana revisé a ver si milagrosamente volvía a andar, pero cada vez me decepcionaba. Llegó la mañana del lunes y como sabía que necesitaría mi reloj, decidí llevarlo de todos modos. Parecía un asunto tan ínfimo ante Dios, pero envié una rápida oración y me lo puse en la muñeca, con fe en que Dios ayudaría a que mi reloj funcionara antes de comenzar las clases. Lo miré durante el devocional del personal; no servía. Lo miré mientras sacaba las fotocopias para ese día, seguía sin servir. Lo miré unos cuantos minutos antes de que comenzaran las clases. ¡Funcionaba! ¡La alegría me recorrió las venas y la alabanza inundó mi corazón!

A Dios no solamente le interesan los grandes problemas de nuestras vidas. También le interesan de verdad las pequeñeces. ¡Escuchó mi oración y respondió justo a tiempo!

Mai Rhea Odiyar


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