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Pasar el testimonio

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He luchado con valor, he corrido hasta llegar a la meta, he conservado la fe, 2 Timoteo 4: 7.

¡QUÉ MOMENTO TAN HERMOSO para salir a caminar! Fuertes ráfagas de viento habían retirado las nubes, así que la luz del sol daba un impactante brillo a las hojas otoñales. Troté feliz, mientras quisquillosos soplos de viento me rodeaban al pasar por entre las casas.

De repente, escuché ruidos detrás de mí. Pensé que alguien quería rebasarme en la estrecha banqueta, así que me hice a un lado. Al darme la vuelta, me sorprendí de ver que mi perseguidor era un montón de hojas que ocasionalmente chocaban contra el suelo, mientras giraban en un remolino. Todos los colores del otoño estaban representados en esa parvada de maravillas voladoras: café, rojo y amarillo, bailaban juntos felizmente. Me reí de sus travesuras mientras giraban hacia mí y me unía la diversión, al aumentar mi ritmo para seguir delante de las hojas. Estaba a punto de perder la carrera cuando de repente, el viento dejó de soplar; las hojas cayeron al pavimento. Un viso de tristeza sustituyó mi humor juguetón. Las hojas quedaron inmóviles, la carrera concluida.

Al caminar sola, empecé a pensar en una carrera diferente, una de mayores consecuencias pero no menos encanto. Pensé en los muchos santos que han caminado en esta tierra antes que yo. Al ser de todo pueblo y nación, tenían los gloriosos colores de su herencia recibida del Padre. Corrieron durante una temporada, bailaron y se mecieron en el viento del Espíritu Santo. Más pronto que tarde, ya no estuvieron. No obstante, al terminar su carrera dejaron algo que no tiene precio. Como corredores de relevos, pasaron el testimonio, entregaron el precioso evangelio de Cristo a la siguiente generación.

Sonreí al pensar en cristianos valientes a través de las épocas, que persistieron en su fe, a pesar de las pruebas y la persecución. ¿Por qué? Para que un día yo recibiera el testimonio del evangelio.

Ahora sería mi turno, mi día de bailar en el viento del Espíritu Santo. Pero antes de caer sin vida al pavimento, oro para que el Señor me fortalezca mientras corro con diligencia a pasar el testimonio. Entonces diré con Pablo: «He luchado con valor, he corrido hasta llegara la meta, he conservado la fe» (2 Timoteo 4: 7).

No puede haber mayor éxito que cruzar la línea de meta con un grito de victoria.

Laura L. Bradford


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