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Agujero en mi corazón

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El Señor irá delante de ti y estará contigo; nunca te dejará ni te abandonará; por lo tanto, no temas ni te acobardes, Deuteronomio 31: 8.

CUANDO ESTABA SENTADA un día distribuyendo nuestro presupuesto familiar, me di cuenta de que había que ceder. Trabajar en una escuela charter me remuneraba menos dólares que si hubiera sido empleada de una escuela pública. Revisé Internet y vi un aviso para un trabajo que me iría como anillo al dedo. El sueldo en definitiva era mejor. Lo solicité, me entrevistaron y obtuve el empleo, aunque me quedaban dudas. Pensé que debía preparar a mis alumnos con anticipación.

-El 16 de marzo me iré de la escuela -les dije. Algunos mostraron su tristeza; otros no parecieron inmutarse. Pero una niñita no pudo esperar a dejar salir toda su tristeza en las rodillas de su madre.

-La maestra Jones se va -dijo a su madre entre lágrimas-. Siento que ahora tengo un agujero en mi corazón.

Expliqué a la madre que me encantaba la escuela, pero no podía quedarme porque la paga no era suficiente. Ella de inmediato contactó a la escuela y se quejó con la dirección.

-¿Por qué no le pagan a sus maestros? -exigió saber.

La dirección me llamó a una junta. Me rogaron que terminara el año. No podían ofrecerme más dinero, pero sí escribir una carta de recomendación al final del año. Confundida y con sentimientos encontrados, oré para que Dios me pusiera en la dirección correcta. Dejaría un trabajo en el que había trabajado duro con los niños, no solamente con su capacidad de lectura, también con su capacidad para formar su carácter sentí que los padres y el cuerpo docente me apreciaban y querían. Pero iría a un grupo de alumnos más maduros, con los beneficios de ser una empleada del gobierno y mejor salario.

Decidí terminar el año en la escuela charter y tuve que avisar a la otra directora. Le pregunté si podía terminar el año en la escuela charter y aun así me tomarían en cuenta para el año siguiente.

-Si no puede comprometerse conmigo ahora, no la contrataré en agosto.

Al colgar el teléfono, supe que Dios me decía que me quedara en la escuela chárter.

«Gracias, amoroso Dios, por ayudarme a tomar decisiones grandes y pequeñas. Cuando tomo decisiones bobas por impulso, te doy permiso de intervenir. »

Raschelle McLean Jones


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