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Toca la bocina

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Confía plenamente en el Señor y no te fíes de tu inteligencia. Cuenta con él en todos tus caminos y él dirigirá tus senderos, Proverbios 3: 5, 6.

ME DESPERTÉ ESTA MAÑANA con el recuerdo de una historia. Una voz me dijo: «Escríbela».

Mis hijos, Eric y Randy, tenían 12 y 10 años de edad, respectivamente. Charles Miller había traído tres muchachos de la ciudad a nuestra casa en el campo. Los muchachos deseaban caminar por el bosque detrás de nuestra casa, el cual llega más de un kilómetro y medio al este y un poco más de un kilómetro hacia el sur. Jamás había permitido que mis hijos se adentraran en el bosque solos, ya que temía que se extraviaran.

Pero los muchachos insistieron tanto, que cedí. Había leído en la revista Guide de muchachos que iban al bosque y dejaban marcas de su ruta en los árboles, así que instruía los muchachos a que marcaran. Su ruta en los árboles para que no se perdieran, también les dije que tocaría la bocina del auto en media hora y cuando ellos la escucharan, debían regresar a casa. Yo sabía que una vez que empezaran a jugar, olvidarían marcar los árboles. Confiadamente, los muchachos caminaron hacia el boque, con entusiasmo y júbilo, a pesar de mi aprensión.

Conduje el auto muy cerca de los árboles. Después que había pasado media hora (en realidad más o menos 25 minutos) toqué varias veces la bocina hasta que pude ver a los muchachos salir del bosque.

-Gracias, mamá -dijo Eric.

Entonces me dijo que realmente se habían perdido. Se guiaron por el sonido de la bocina, el cual los condujo directamente a los límites con la verja de un vecino, rodeando los cobertizos y a los perros. Siguieron la verja hasta que se terminó, entonces escucharon el sonido de la bocina del auto hasta que salieron del bosque.

Nosotros, los padres, enviamos a nuestros hijos adultos a los bosques de la vida. Muchas veces confiando en sus lentes color de rosa, inconscientes de los peligros que el mundo ofrece. No podemos estar con ellos, tenemos que dejarlos ir, confiando en la instrucción que les hemos dado para sus vidas. Sin embargo, nos queda un recurso: «la bocina». Tocamos la bocina en oraciones intercesoras por nuestros hijos, una y otra vez, día tras día, hora tras hora, para que si se extravían, puedan encontrar el camino de retorno al hogar, a Jesús. Madres, ¡toquen la bocina!

Ruth Cantrell


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