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A salvo

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El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los defiende, Salmos 34: 7.

CAROLE Y YO, justo habíamos llegado al otro lado del paso de cebra, cuando escuchamos el rechinido de unas llantas, seguido por el típico sonido del metal retorciéndose como en cascada.

-¿Qué sucede? -exclamé volteando para todos lados. Para mi asombro vi el metal retorcido y deformado provocado por el choque de un auto, donde segundos antes, mi amiga y yo habíamos estado. El accidente provocó la muerte de una persona y dos pasajeros heridos. Si ese accidente hubiera pasado diez segundos antes, mi amiga y yo habríamos sido incluidas entre las víctimas del desastre.

Una vez conscientes de la tragedia que acababa de suceder, empezamos a sollozar, no solo por las desafortunadas víctimas del accidente, sino también porque estábamos sanas y salvas. Podríamos haber sido nosotras las que seríamos transportadas a una habitación de urgencias médicas, en la parte trasera de una ambulancia.

Cuando llegamos a nuestro destino (el cual casualmente era una reunión de oración en un hogar alterno a la iglesia) alabamos al Señor por su amoroso cuidado y su protección. Pensábamos que era más que una simple coincidencia que nos hubiéramos salvado. Oramos intercediendo fervorosamente por las víctimas del accidente y sus familias.

Somos llamadas a orar sin cesar y hacer oraciones intercesoras por los santos, porque no conocemos el día ni la hora de nuestros últimos momentos en esta tierra. Ignoramos lo que nos espera en el futuro, porque Dios es el amo del tiempo y el espacio. Por lo tanto, siempre debemos estar listas. Hagamos lo que es correcto. El demonio está ocupado, incitando a hombres y mujeres a la violencia, la intemperancia y toda forma de depravación. Pero si somos creyentes y seguidoras de Jesús, nuestra única salvaguarda está en el nombre de nuestro Dios. Él es nuestro escudo y coraza. «El nombre del Señores fortaleza, a ella acude el justo para protegerse» (Proverbios 18: 10). ¡Nosotras lo habíamos experimentado!

A medida que nos aproximamos a la temporada navideña, alabemos a Dios por su protección diaria, además por el don inefable de su Hijo, quien nos da esperanza para este y todos los días.

Jeannette Belot


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