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Sal de la tristeza

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«El Señor mismo irá delante de ti, y estará contigo; no te abandonará ni te desamparará» (Deuteronomio 31: 8).

¿ALGUNA VEZ te has sentido muy triste? A veces las cosas no nos marchan bien, como cuando hemos estudiado para un examen y lo reprobamos; o cuando tenemos que jugar un partido y justo el día antes nos lastimamos el tobillo; o cuando vamos a comprar algo que nos gusta y no lo encontramos. Una vez a mí me ocurrió precisamente eso último. Estaba de vacaciones y había visto un vestido, pero en el momento no llevaba dinero, así que fui al hotel y cuando regresé con el dinero, una señora se lo estaba llevando. ¡Qué tristeza! Pero esa tristeza no me duró mucho, porque era por algo pasajero.

La que sí me duró mucho fue la tristeza que sentí cuando mis padres se separaron. Qué duro es eso del divorcio de papá y mamá. Yo estaba deprimida todo el tiempo. Si tus papás están separados o divorciados, sabes bien de lo que estoy hablando. Se hace muy difícil estar contento, reírse de los chistes, o pasarlo bien con los amigos, cuando uno está sufriendo tanto. Y sí, es difícil, pero te digo una cosa: Jesús nos ayuda a superarlo. ¡A mí me ayudó! Lloré y sufrí mucho, pero salí de aquella tristeza y hoy soy una mujer feliz.

Hace poco, se me acercó una joven porque estaba deprimida. Se sentía fea, creía que no le caía bien a nadie, le gustaba un amigo pero a él le gustaba otra... En fin. Me dio mucha tristeza. Le dije: «Rodéate de personas que te quieran como eres, no te aísles. Puedes hacerte un nuevo corte de cabello, buscar actividades sanas que te hagan sentir contenta, y pedirle ayuda a Jesús». Varios días después me dijo que se había hecho un nuevo corte de cabello, había vuelto a hablar con su grupo de amigos, ¡y estaba animada! Yo había orado mucho a Jesús para que le diera paz y la oración fue respondida.

Cuando algo te ponga muy triste, busca ayuda. Desahógate con un adulto de tu confianza. Evita ver películas que te llenen la cabeza de cosas que no son reales. Escucha canciones optimistas, haz ejercicio, ponte metas en la vida. Y sobre todo, busca a Jesús. Esa es la mejor terapia. Él te entenderá, te dará su paz y te sacará del pozo. ¿Quieres hacer la prueba?


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