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Cuidado con el espejo

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«Recordando aquellas palabras del Señor Jesús: “Hay más dicha en dar que en recibir”» (Hechos 20: 35).

HABÍA UNA VEZ un hombre muy rico, al que no le gustaba nada tener que compartir sus cosas con nadie. Era un comerciante y se sentía especial, mejor que el resto. Un día, este hombre rico fue a visitar a un anciano sabio porque quería pedirle consejo para, además de ser rico, aparentar ser sabio.

En cuanto lo vio llegar, el anciano sabio condujo al hombre de nuestra historia ante una ventana. Entonces le dijo:

-Mira a través de este vidrio y dime qué ves.

-Veo gente -contestó el hombre rico.

Luego, el anciano sabio lo condujo ante un espejo, y le preguntó:

-¿Qué ves ahora?

-Ahora me veo a mí mismo -le contestó al instante el rico comerciante.

-He ahí, amigo, una gran lección que debes aprender para ser sabio -añadió entonces el anciano-. En la ventana, al igual que en el espejo, hay un vidrio. Pero ocurre que el vidrio del espejo está cubierto con un poquito de plata y, en cuanto hay un poco de plata de por medio, mucha gente deja de ver a los demás y solo se ven a sí mismos. Si quieres ser un hombre rico de verdad, deja de mirarte a ti mismo a través de los vidrios del dinero, el prestigio y el poder. Y comienza a mirar el mundo a través de un vidrio transparente, que te muestre las realidades de la vida tal como son. Entonces, actúa en función de lo que ves.

A nuestro alrededor hay personas con las que nos cruzamos todos los días cuando vamos a la escuela, al conservatorio, a jugar futbol, a pasear o a la iglesia… Algunas necesitan nuestra ayuda o nuestra amistad. Pero nosotros, pendientes de nosotros mismos, no les prestamos atención. Esa es una actitud prepotente, Jesús no fue así. Jesús vivió para los demás y nos pide que hagamos lo mismo. Para eso, dejemos de mirarnos al espejo y prestemos atención a los demás. Aunque parezca mentira, eso nos hará más felices que vivir encerrados en nosotros mismos. ¿No me crees? Ponlo a prueba hoy.


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