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La vida es una expedición

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«Ustedes saben que en una carrera todos corren, pero solamente uno recibe el premio. Pues bien, corran ustedes de tal modo que reciban el premio» (1 Corintios 9: 24).

EL FAMOSO EXPLORADOR Ernest Shackleton se paseaba por la cubierta del Endurance vigilando cada detalle. «¡Vamos, muchachos! -gritaba- ¡Zarpamos en una hora!» La expedición iniciaría desde puerto Plymouth y atravesaría la Antártida. Shackleton había preparado minuciosamente cada detalle de aquel viaje. Navegaron varios meses hasta llegar a las frías aguas de la Antártida, y ahora debían avanzar rodeados de icebergs. La nave pasó lentamente entre los canales de hielo pero, de pronto, bajaron las temperaturas y el barco se quedó atrapado, Shackleton y sus amigos tuvieron que pasar el largo y duro invierno en la Antártida, esperando la llegada de la primavera. Con el deshielo, pensaban ellos, podrían seguir viaje.

Pero el deshielo hizo una enorme presión sobre el barco y lo dañó. El Endurance terminó hundiéndose. «¡Recojan todas sus cosas!», ordenó Shackleton a sus hombres antes de que el barco se hundiera en el agua. Y partieron en busca de tierra firme, a muchos kilómetros de allí. Era difícil avanzar con equipaje y víveres, por eso decidieron dejarse arrastrar por la corriente sobre un enorme bloque de hielo. Así sobrevivieron durante meses, hasta que el hielo empezó a resquebrajarse y tuvieron que abandonarlo. Casi congelados, Shackleton y sus hombres vigilaban con preocupación a las voraces ballenas que los rodeaban. Luego de una semana, vieron una isla y desembarcaron, eufóricos. «¡Por fin tierra!», decían mientras besaban el piso. Pero Shackleton sabía que aún no había terminado su camino. Era necesario alcanzar otra isla, porque aquella estaba deshabitada. Días más tarde reemprendieron viaje. Tras ser zarandeados por un mar furioso y resistir temperaturas extremas y noches sin descanso, alcanzaron su objetivo.

La vida es como esta expedición. La meta está bien clara: la tierra nueva. Pero mientras llegamos, pasamos experiencias difíciles. A veces nos desanimamos y queremos abandonar la iglesia, porque los programas no nos parecen importantes. Pero sí lo son: nos ayudan en esta «expedición», para que nos preparemos bien para la venida de Jesús. Por eso, no abandonemos la iglesia; sigamos adelante con ella; corramos de tal manera que recibamos el premio de la vida eterna.


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