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Débil pero fuerte

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«Para que yo no me crea más de lo que soy, he tenido un sufrimiento. [...] Tres veces le he pedido al Señor que me quite ese sufrimiento; pero el Señor me ha dicho: “Mi amor es todo lo que necesitas; pues mi poder se muestra plenamente en la debilidad"» (2 Corintios 12: 7-9).

OCURRIÓ en un pueblecito de Argentina, en el año 2008. Un muchachito de diez años estaba subido a un árbol, jugando allá en lo más alto, cuando perdió el equilibrio y aterrizó sobre una reja. Ay, qué dolor, pobrecito. El grito que dio fue horrible, como te podrás imaginar, pues uno de los barrotes le había atravesado la pierna. Los vecinos acudieron inmediatamente al lugar.

Claudia, la mamá, comenzaba entonces su carrera contra el tiempo. Lo primero que falló: la ambulancia. No estaba donde tenía que estar, así que había que buscar otra solución. Un policía decidió ir al hospital más cercano a buscar un médico, pero ningún médico pudo acudir. El policía regresó solo. El plan A y el plan B habían fracasado. ¿Plan C? Llamar a los bomberos. Cuando los bomberos llegaron, procedieron a cortar el resto de la verja, para que el muchacho pudiera al menos bajar de allí y ser trasladado a un hospital. Finalmente, veinte minutos más tarde, es taba en la sala de emergencias. Le dieron calmantes, le hicieron las primeras curas, pero todo esto con la barra incrustada en la pierna, pues solo un cirujano puede extraer algo que está incrustado en nuestro cuerpo. De lo contrario, nuestra vida correría peligro. Aunque el muchacho pasó cinco horas con una barra de hierro atravesándole una pierna, pudo recuperarse de lo más bien y volver a su vida normal.

A veces, tanto a los chicos como a los grandes, nos pasan cosas que nos bajan el orgullo rápidamente. Por ejemplo, nuestro protagonista de hoy pasó de sentirse todo un campeón por haberse encaramado a lo más alto de un árbol, asentirse todo un fracasado por tener que permanecer inmóvil sobre una reja, atravesado por un barrote, con todo el mundo observando. Estas cosas no las permite Jesús para hacernos infelices, sino para que, en nuestra debilidad, busquemos poder en él. Jesús quiere que dependamos de él cada día, y nos lo recuerda con algunas cosas difíciles que nos suceden.


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