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Hay que saber comer

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«Lo mismo si comen, que si beben, que si hacen cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios» (1 Corintios 10: 31).

LA OCASIÓN ERA DE GALA: el cumpleaños de una compañera de la escuela. El lugar, espectacular: un hotel muy fino. Los invitados… bueno, mi amiga Claudia y yo creo que no dimos la talla. ¿Qué pasó? Te lo voy a contar, pero prométeme que no te reirás de nosotras. Bueno, puedes reírte; pero lo que no puedes es hacer tú lo mismo. Al menos, que mi ridículo sirva para que tú tengas buenos modales a la mesa.

En nuestra defensa diré que teníamos catorce años. Pero creo que catorce años es edad suficiente para saber comportarse. Solo que aquella noche, nosotras no supimos hacerlo. Y todo por un mísero trozo de flan. Imagínate la escena. Allí estábamos un montón de adolescentes, en un lugar tan bonito, llevando vestidos espectaculares y sentadas a la mesa, comiendo. Cuando, de pronto, mi amiga Claudia comienza una batalla con el último trozo de flan de su plato. Intentaba agarrarlo con la cuchara, pero se le escapaba. Por el otro lado... otra vez se le escapaba. Así que llegamos a un acuerdo: yo pondría mi dedo en el borde del plato y ella empujaría el flan con la cuchara hasta mi dedo. Una vez allí, podría agarrarlo sin problemas. ¿Sin problemas? Eso creíamos.

¡Qué vergüenza! El trozo de flan salió volando hacia la mesa de en frente y aterrizó en la mismísima cara del tío de la cumpleañera. ¡¡¡Tierra trágameeee!!! Pero la tierra no nos tragó. Tuvimos que pasar la vergüenza de nuestra vida por no saber comer en público. Te aseguro que nunca más me ha vuelto a suceder. Ahora sé qué se puede hacer a la mesa y qué no, y quiero compartirlo contigo.

No se lleva el dedo a la comida: usa el tenedor y el cuchillo para dominar lo que hay en el plato. No se agacha la cabeza encima del plato: mantén la postura recta y lleva el tenedor a la boca. No se habla con la boca llena, o todos verán ese revoltijo asqueroso dando vueltas dentro de ella. Si algo no nos gusta, intentamos comerlo educadamente. Y nunca empezamos a comer hasta que todos se han servido. Por cierto, la servilleta no está de adorno: es para limpiarnos.

Sentados a la mesa, hemos de agradar a los demás y a Jesús.


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