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El dolor no es para siempre

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«Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor; porque todo lo que antes existía ha dejado de existir» (Apocalipsis 21: 4).

HACE TIEMPO murió una amiga mía a la que quería muchísimo. No pasa un solo día que no me acuerde de ella. Muchas veces he llorado al recordarla, porque su ausencia me produce una tristeza que no puedo explicar con palabras. Más que tristeza es dolor; un dolor profundo. Lo único que alivia mi dolor es pensar que, algún día, Jesús la resucitará y estaremos juntas en la tierra nueva, para retomar nuestra amistad donde la dejamos.

Todos los días estamos expuestos al dolor. Puede tratarse del dolor de una pérdida, como que se te haya muerto alguien querido. Pero puede tratarse también de dolor en alguna parte del cuerpo. ¿A quién no le ha dolido la cabeza alguna vez? ¿O las muelas? ¿O la pierna o un brazo porque nos hemos dado un buen golpe? Si el dolor es aislado, que dura un momento y se va, no le damos tanta importancia; pero si nos dura muchos días, entonces ya tenemos que ir al médico. Puede tratarse de algo grave y ellos pueden saberlo con la tecnología tan avanzada que tienen. Y ayudarnos a curarnos.

¿Sabes cómo funciona eso del dolor? El dolor es un mecanismo de defensa. Cuando a nuestro organismo le está pasando algo malo, nuestro sistema nervioso envía un mensaje al cerebro por medio del dolor, y así es como entendemos nosotros que algo falla y que debemos solucionarlo. Aunque el mecanismo del dolor es positivo porque nos avisa que algo va mal, el dolor en sí mismo es negativo, porque nos recuerda que vivimos en un mundo de pecado. Ya Jesús nos avisó: «En el mundo, ustedes habrán de sufrir» (Juan 16:33). Pero lo bueno del asunto es que el versículo no termina ahí, Jesús añadió: «Pero tengan valor: yo he vencido al mundo».

Qué importante es que confíes en las palabras de Jesús. Si ahora estás pasándolo mal porque tienes alguna enfermedad, o te duele algo, o se te ha muerto una persona muy allegada a ti, recuerda que ese dolor no durará para siempre. Recuerda que Jesús ha prometido que viviremos en una tierra nueva, donde no habrá más dolor ni más llanto, porque no habrá pecado. ¡¡¡Es una promesa!!!


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