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Que nadie derrumbe tu castillo de arena

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«El Señor todopoderoso me ha enviado con este mensaje [...]: “Cualquiera que toca a mi pueblo, toca a la niña de mis ojos"» (Zacarías 2: 8).

¿ALGUNA VEZ has hecho castillos de arena en la playa? Es divertidísimo, ¿verdad? Y además es económico, porque lo único que necesitamos es arena, agua, una pala, un rastrillo y un cubo. Podemos ayudar nos de otros objetos para hacerle las torres, o para crear murallas quizás con palitos, y alguna tela para colocarle una bandera cuando lo hayamos terminado, para darle el toque final.

En algunos lugares hacen concursos de castillos de arena. ¿Los has visto alguna vez? Yo sí, son impresionantes. Los que los hacen son verdaderos artistas. Esos «escultores de arena», para construir sus castillos, primero tienen que buscar en la playa un lugar adecuado. Necesitan arena fina y húmeda en abundancia, además de un cubo de agua y herramientas de escultura como espátulas. Se pone un límite al espacio donde van a trabajar, para evitar que alguien derribe su escultura. Luego se forma un montón de arena que no tiene forma de nada más que de montón de arena feo y marrón, y se le da el necesario punto de humedad para poder extraer de ella una obra de arte. La arena debe estar libre de objetos extraños, como conchitas, vidrios o cangrejos. Con mucho cuidado e ingenio se comienza el trabajo, siempre con la precaución de que nada ni nadie toque la obra en construcción. Si una persona, un golpe de mar, un perro o cualquier otra cosa llegara a tocar la escultura de arena, todo se vendría abajo y el trabajo habría sido inútil.

¿Sabes? Lo mismo sucede con tu cuerpo. Tu cuerpo es como una obra de escultura que el mismo Dios ha creado. Pero debes protegerlo de cualquier persona extraña que quiera tocarlo y hacerle daño. Tu cuerpo es como un castillito de arena que nadie debe tocar con la intención de hacerle daño. Hay partes de tu cuerpo que son privadas, es decir, que nadie tiene vía libre para tocarlas. Dios las hizo para ti; tú le perteneces a Jesús y a nadie más. Por eso, cuida tu cuerpo, que es una verdadera obra de arte. No dejes que nadie lo utilice, y tampoco lo destruyas tú consumiendo cosas que lo derrumbarían. Cuídalo y protégelo como lo más valioso que Jesús te ha dado.


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