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No siempre es malo llorar

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«Los que siembran con lágrimas, cosecharán con gritos de alegría. Aunque lloren mientras llevan el saco de semilla, volverán cantando de alegría» (Salmo 126: 5-6).

¿A QUIÉN LE GUSTA LLORAR? ¡A nadie! Pero, inconscientemente... todos estamos llorando, ¡todo el tiempo! No, no me he vuelto loca, aquí va la explicación. Dentro del ojo, tenemos algo que se llama glándulas lagrimales. Son así como del tamaño y la forma de una almendra, y su función es estar todo el día segregando lágrimas. ¡Como lo oyes! No solo segregamos lágrimas cuando lloramos, sino que nuestros ojos está continuamente generando lágrimas. ¿Por qué? Porque sin ellas, la parte que recubre el párpado por dentro, y el globo ocular, estarían secos. Si el globo ocular se seca, no podemos ver bien. Todos veríamos borroso si no fuera porque nuestros ojos «lloran» todo el tiempo.

Cuando los ojos están abiertos, el agua está continuamente evaporándose de la córnea, lo cual quiere decir que el ojo está todo el tiempo secándose. Y por esa misma razón tenemos que estar fabricando continuamente lágrimas. ¿Qué te parece el cuerpo humano? Solo un Dios grande pudo haberlo creado, tan complejo y tan maravilloso.

Ahora bien, la única razón por la que producimos lágrimas no es el buen funcionamiento de nuestro organismo físico. Las lágrimas también se generan por razones emocionales. Cuando estamos tristes por algo, o cuando estamos tan contentos que no podemos contener la emoción, lloramos. También a veces cuando estamos nerviosos, frustrados, o tenemos miedo. Hay diversas emociones que hacen correr las lágrimas por nuestras mejillas, y muchas de ellas queremos evitarlas, como estar tristes, o tener miedo, frustración o demasiados nervios. Pero cuando confiamos en Dios, sabemos que todo tiene un propósito.

También es posible llorar por razones espirituales. Porque un ser querido se ha alejado de Dios, porque has pecado y te duele haberlo hecho, porque llevas tiempo hablándole de Jesús a un amiguito y no ves que tome ninguna decisión... Si es tu caso, la Biblia te dice: No te preocupes, aunque ahora llores porque no ves resultados. Sigue orando y trabajando para mí, y cuando veas los frutos, llorarás pero de alegría. Confía en Jesús.


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