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Generador de calor

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«Id en paz, calentaos» (Santiago 2: 16, RV95).

¿QUÉ NECESITAS cuando tienes frío? Una cobija, una chaqueta o un abrigo, unas botas y unos guantes, tal vez una bufanda...Todos estos artículos nos ayudan a calentarnos pero, ¿sabías que ninguno de ellos realmente produce calor? El calor lo genera tu cuerpo. ¿Quieres comprobarlo? Pues cuando haga frío, toca un abrigo del armario o una cobija de la cama, sin echártelos encima, solo tócalos con la mano, y verás que también están fríos. Solo se pondrán calientes si están en contacto con tu cuerpo, que es el que realmente es capaz de generar el calor.

¿Por qué, entonces, si estamos sin abrigo tenemos frío, siendo que el cuerpo genera calor? Porque al tener poca ropa encima del cuerpo, el calor se pierde en el ambiente. Pero, al poner ropa gruesa encima, el calor que genera el cuerpo queda atrapado bajo la tela, y no se va de nosotros. Lo que hace la ropa o la cobija es mantener el calor de nuestro cuerpo pegado al cuerpo, impidiendo que se vaya y se pierda, lo cual nos dejaría petrificados de frío.

La iglesia es un cuerpo y, como cuerpo, también genera calor. La amistad de los compañeritos de la Escuela Sabática, la Palabra de Dios enseñada desde el púlpito durante el culto, los actos de bondad de unos hacia otros, los himnos que elevamos a Jesús todos al unísono, el cariño y el amor de unos por otros, generan un calor muy especial: un calor espiritual. Sin ese calor, realmente nos sentiríamos petrificados de frío en la vida. Por eso, cuando un sábado no entras a la iglesia sino que te quedas afuera sin ninguna razón poderosa para hacerlo, vuelves a casa con la misma temperatura corporal que llevabas. Al no mezclarte con tus hermanos, escuchar la predicación, cantar con entusiasmo o ayudar a otros con alegría, no te beneficias del calor que genera la iglesia. El invierno puede ser muy duro sino se recibe el calor especial del cuerpo de Cristo.

Por eso, «no dejemos de congregarnos, como acostumbran hacerlo algunos, sino animémonos unos a otros, y con mayor razón ahora que vemos que aquel día se acerca» (Hebreos 10: 25, NVI).


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