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Tierra… ¿santa?

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«Dios vio lo que hacía la gente de Nínive y cómo dejaba su mala conducta, y decidió no hacerles el daño que les había anunciado» (Jonás 3: 10).

Ml FAMILIA Y YO estábamos felices de conocer Israel y visitar los lugares donde vivieron Jesús y otros personajes de la Biblia. Al llegar al aeropuerto de Tel Aviv, alquilamos una camioneta junto con unos amigos y emprendimos camino hacia un lugar frente al Mediterráneo ideal para dar un paseo. Cuando me bajé del vehículo (yo fui la última en salir), me fijé en un hombre que nos observaba fijamente. Parecía de lo más inofensivo, por eso no imaginé lo que haría a continuación. Nosotros nos fuimos a dar nuestro paseo y, como el lugar era allí mismo, dejamos en el auto nuestra cámara de video, dos bolsos con dinero, dos teléfonos celulares y otras cosas de valor. Al regresar. ¿Ya lo has adivinado? Habían forzado la cerradura con un destornillador que, por cierto, estaba allí en el piso. No sé si es que ya no pensaban robar más en toda su vida.

En menos de quince minutos, nos desplumaron. El hermano que nos acompañaba se sentía culpable de habernos llevado a aquel lugar, pero él no tenía culpa de nada. Simplemente nosotros pensamos que, como era tierra santa, todos allí serían santos. Un error bastante grande, la gente es gente dondequiera. Pero fíjate que ahora que ha pasado el tiempo, tengo unas ganas tremendas de regresar allá. Algo me dice que debo darle una segunda oportunidad, que no puedo descartar un lugar tan importante por el pecado de una persona, que quizás incluso ya se arrepintió. Yo no soy quién para juzgar a nadie (eso sí, la próxima vez tengo que tomar precauciones).

¿Te acuerdas de Nínive? Los ninivitas hacían cosas malas, así que no sé si realmente merecían una segunda oportunidad, pero Dios decidió dársela a través del profeta Jonás. Cuando Jonás les llevó el mensaje de salvación (de mala gana, por cierto), ellos se arrepintieron y Dios los perdonó y les dio una segunda oportunidad. Igual que yo quiero hacer con Israel.

A veces tenemos amigos, maestros, hermanos de iglesia, familiares o experiencias que nos decepcionan y no queremos saber más de ellos. Pero si Jesús te da nuevas oportunidades constantemente, te perdona y comienza de cero contigo, ¿no crees que tú también debes hacerlo con los demás?


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