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Quiero ser un burro

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«Los pasos del hombre los dirige el Señor: ¿Cómo puede el hombre entender su propio camino?» (Proverbios 20: 24, NVI).

SEGURO QUE ESTÁS asustado por el título de la reflexión de hoy. Y no me sorprende, porque el burro es un animal poco comprendido. Tiene mala reputación, pero hay un rasgo suyo que yo quisiera tener aunque, por lo visto, no soy tan burra como un burro, y me cuesta alcanzarlo. ¿Cuáles ese rasgo? No se puede obligar a un burro a hacer algo que él no quiera. El burro es insobornable, incorruptible.

Mucha gente ha considerado que esta terquedad del burro es algo negativo; piensan que el burro es tonto y que por eso es terco, pero nada más lejos de la realidad. Los burros son animales inteligentes, pueden aprender y de hecho aprenden. Una vez que su dueño logra ganarse la confianza de un burro, de verdad que son animales sumisos y obedientes. Su tozudez no tiene nada que ver con que sean estúpidos; tiene que ver con que, si a ellos no les parece bien algo, se plantan y dicen «no». Y cuando dicen que no, es que no.

Hoy, falta gente que sea así. Nos ha tocado vivir en una época en que casi todo el mundo se vende. A cambio de dinero, poder o prestigio, muchos dejan a un lado sus principios y hacen lo que les pidan. Lamentablemente, esto se opone a lo que Jesús espera de nosotros. Él nos pide que seamos íntegros en todo; que sepamos decir «no» para que algún día seamos salvos.

Deseo que hoy seas terco como un burro en el sentido de que no vendas tus principios cristianos, sean cuales sean los «beneficios» que te ofrezcan. Porque «la mayor necesidad del mundo es la de hombres que no se vendan ni se compren; hombres que sean sinceros y honrados en lo más íntimo de sus almas; hombres que no teman dar al pecado el nombre que le corresponde; hombres cuya conciencia sea tan leal al deber como la brújula al polo; hombres que se mantengan de parte de la justicia aunque se desplomen los cielos» (Elena G. de White). Hombres como los burros.


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