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Aprende a caer como un gato

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«El imprudente goza con su necedad; el inteligente corrige sus propios pasos» (Proverbios 15: 21).

EN UNA OCASIÓN, estaba yo en otra ciudad, alojándome en la casa de una amiga. La habitación en la que dormía estaba en el segundo piso, y tenía una ventana muy grande. Por la mañana, mientras me estaba mirando en el espejo, vi el reflejo de algo que se movía, pero no medio tiempo a distinguir qué era. Inmediatamente di un grito, porque estaba asustada. ¿No te asustas tú cuando algo grande, peludo y desconocido se mueve a tus espaldas? Pues resulta que, asustado por mi grito, el animal se cayó de la ventana. Me asomé inmediatamente para ver lo que había pasado, convencida de que, fuera lo que fuera aquel animal, habría muerto, porque la altura era enorme. Me equivoqué. Era un gato y salió corriendo como si nada hubiera pasado. ¡Increíble!

¿Sabes por qué los gatos pueden caer de alturas impresionantes sin que les pase nada? Básicamente por dos razones. Porque tienen en las plantas de los pies una especie de almohadilla que les suaviza el golpe, y porque tienen la habilidad de caer de pie. Raramente se golpean contra el suelo con la cabeza o con alguna otra parte del cuerpo que pudiera causarles la muerte. Los gatos tienen un rapidísimo y poderoso «reflejo de enderezamiento», y cuando se sienten sin apoyo, realizan relampagueantes contracciones musculares que les permiten caer de pie. A mí, por eso me encantan los gatos, porque por muchas veces que se caigan, saben caer de tal manera que inmediatamente retoman su camino y siguen adelante con su vida como si nada hubiera pasado.

¿Y tú? ¿Cuántas veces te has caído? Me refiero a caerte físicamente, pero también me refiero al pecado y la tentación. Cuando te caes, ¿te levantas en seguida o te quedas pensando en el fracaso e incapaz de reaccionar? Los cristianos necesitamos tener un rápido «reflejo de enderezamiento». Necesitamos levantarnos después de cada caída para seguir dando buen testimonio de nuestra fe. Lo bueno es que no lo hacemos solos, sino gracias a Jesús. Él es como nuestra almohadilla, él es quien nos permite no hacernos demasiado daño tras cada golpe, y nos da la fuerza para ponernos de pie inmediatamente.


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