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No hay que apresurarse

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«El que me preste atención, vivirá en paz у sin temor de ningún peligro» (Proverbios 1: 33).

UN CAMPESINO atrapó un cuervo e intentó enseñarle a hablar. Tras arduos esfuerzos, logró que el cuervo dijera: «¡Vaya si lo soy!». Y esas eran las únicas cuatro palabras que el animal sabía decir, pero el campesino creyó que ya podía sacarle un provecho económico. Así que decidió venderlo, bajo el argumento de que aquel animal sabía hablar y podía aprender muchísimas palabras más.

Dos hombres mostraron interés por el pájaro y preguntaron su precio, «Cincuenta mil pesos», les dijo el dueño. A uno le pareció realmente carísimo y se retiró; el otro, sin embargo, preguntó: «¿Cree usted que este pájaro es tan listo como para que lo compren por ese precio?». Antes de que el dueño respondiera, el cuervo gritó: «¡Vaya si lo soy!». Impresionado por aquellas cuatro palabras, el hombre compró el ave y se la llevó.

Al llegar a su casa, el feliz nuevo dueño le dijo a su esposa:

-¡Mira el regalo que te traigo!

-¡Gracias! -contestó ella-. ¡Qué cuervo tan bonito!

-¡Vaya si lo soy! -añadió el cuervo inmediatamente.

El campesino y su esposa estaban contentísimos, creyendo que se iban a divertir con un animal tan inteligente. Pero el tiempo les aclaró el gran error que habían cometido: el ave no aprendió ni una sola palabra más. Durante muchos meses, el campesino se esforzó por hacer que el animalito pronunciara otras palabras, pero no lo consiguió. Ya cansado, dijo:

-¿Sabes, querida? Este no es un pájaro hablador. En realidad, no es nada inteligente.

-¿Entonces, qué es? -quiso saber la esposa-. ¿Un fraude?

-¡Vaya si lo soy! -aseguró el cuervo.

Esta historia nos enseña que no debemos acelerarnos ni impacientar nos a la hora de tomar decisiones; pensemos con serenidad antes de decidir algo, especialmente si hay que gastar mucho dinero. Pídele a Jesús que te ayude siempre a decidir bien, no por las apariencias, sino por lo que realmente conviene.


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