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La muchacha de la linterna

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«¡Haz, Señor, que sobre nosotros brille la luz de tu rostro!» (Salmo 4: 6, NVI).

A FINES DEL SIGLO XIX, vivía en una hermosa mansión una niña que jugaba con muñecas de una forma nueva y sorprendente. Le gustaba acariciarlas, les quitaba la ropita y fingía que estaban enfermas. Entonces las cuidaba. Se imaginaba que habían tenido accidentes, las vendaba y las trataba con delicadeza. Cuando creció, visitaba a los campesinos de las tierras de su padre y, si encontraba alguno enfermo, lo ayudaba. El primer paciente real que tuvo Florence Nightingale fue un perro.

Pasaron los años y Florence se transformó en una hermosa muchacha a la que no le gustaban las reuniones sociales porque le parecían una pérdida de tiempo. Así que visitaba hospitales y estudiaba la manera de lograr que los enfermos recobrasen la salud. En aquella época, las enfermeras de los hospitales ingleses eran groseras y superficiales, así que ella decidió ir a Alemania para aprender allí el oficio de enfermera. Después fue a París, donde siguió aprendiendo. Cuando terminó, regresó a Inglaterra y mejoró la ayuda que los enfermos recibían en los hospitales. Pronto estalló una guerra y el país clamó por que se evitaran las tristezas y dolores de los heroicos soldados heridos. ¿Sabes quién iba a hacer algo? Florence. La niñita que en otros tiempos había cuidado perritos y muñecas acudió como un ángel compasivo y escribió su historia con letras de oro. A los pocos meses de su llegada a la batalla, había mejorado la atención a los soldados heridos. Ahora eran atendidos por amables mujeres, colocados en camas limpias y vendados con delicadeza por manos que evitaban causarles el más mínimo dolor.

Florence siempre visitaba a los enfermos por la noche llevando una linterna en la mano, para asegurarse de que nada les faltaba. Los soldados, en medio de la oscuridad, miraban a la joven que se movía entre ellos como un ángel, y la llamaron «La muchacha de la linterna». Antes de que llegara ella, morían casi la mitad de los heridos; después, apenas moría el veinte por ciento de los heridos. Florence se hizo famosa, pero ella no quería los aplausos del mundo, así que volvió en secreto a la casa de su padre. Existen muchas formas de ayudar a otros y cambiar tu mundo. ¿Por qué no te propones hoy hacer el bien sin esperar el aplauso de nadie?


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