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La vara de bambú

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«Nadie puede servir a dos amos, porque odiará a uno y querrá al otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. No se puede servir a Dios y a las riquezas» (Mateo 6: 24).

CUENTA UNA HISTORIA QUE, hace muchos años, en la India, vivía un rey muy anciano que veía próximo el día de su muerte y mandó llamar a su consejero espiritual.

-Te he pedido que vengas porque quiero pedirte un favor. Creo que voy a morir pronto y quiero que viajes por todo mi reino en busca de la persona más tonta. Cuando la encuentres, le entregas esta vara de bambú.

-Lo que me pide es muy complicado -respondió el consejero.

-Losé-asintió el rey-, pero tienes todo el tiempo que quieras. Confío en tu criterio; sé que sabrás distinguir a esa persona entre miles.

Al día siguiente, el consejero partió muy temprano, llevando la vara de bambú. Estuvo en aldeas, entrevistando a los campesinos; anduvo entre pescadores; recorrió las grandes ciudades, charlando con los comerciantes y con gentes de todas las clases sociales, desde los más humildes hasta gobernantes. Pero, por más que buscó, no encontró a nadie tan tonto como para darle la vara de bambú.

Tras semanas sin éxito, decidió informar al rey de que no había logrado la encomienda. Con un poco de temor, se presentó en palacio con la vara de bambú. Le dijeron que el rey estaba recluido porque su estado de salud había empeorado. En la penumbra de la habitación, vio al rey muy débil, se sentó al borde de su cama y le apretó la mano con fuerza. El monarca, con voz quebrada, le dijo:

-Amigo mío, estoy angustiado. No quiero irme dejando mis tesoros atrás. ¡Quiero llevarme todo conmigo!

Entonces, el consejero le entregó la vara de bambú. Entendió que una vida vivida con el único afán de hacerse rico es una tontería. Como dijo Jesús: «Esta misma noche perderás la vida, y lo que tienes guardado, ¿para quién será? Así le pasa al hombre que amontona riquezas para sí mismo, pero es pobre delante de Dios». ¿Quieres ser rico delante de Dios? Entonces vive amontonando amor y amistad. Lo material, aquí se quedará, no nos lo podemos llevar al cielo.


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