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Jesús tomó tu lugar

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«Cristo mismo sufrió la muerte por nuestros pecados, una vez para siempre. Él era inocente, pero sufrió por los malos, para llevarlos a ustedes a Dios» (1 Pedro 3: 18).

CUANDO YO TENÍA TU EDAD, mi mamá hacía un plato de berenjenas, ¡delicioso! Delicioso para ella, porque para mí estaba asque... roso (perdón por la palabra). A mi mamá le estresaba que yo no comiera aquel platillo, pero cuanto más insistía ella en que me lo tragara, menos quería yo tragármelo. Yo cortaba un pedazo, me lo llevaba a la boca, y después no sabía si tragarlo o escupirlo. Ante la presencia de mi mamá, que tenía una Sandalia en la mano, yo me lo tragaba, pero sentía escalofríos por todo el cuerpo. Luego de un tiempo, mi mamá decidió no insistir más y buscó un reemplazo a la berenjena. Ahora sí que yo comía todo el almuerzo. ¡Qué dicha para las dos!

Reemplazar cosas es bueno, ¿pero qué te parece la idea de que una persona reemplace a otra? Lee esta historia que explica muy bien lo que te quiero decir. En una pequeña población vivió un valiente soldado que arriesgó su vida por su patria. Era tan justo que lo nombraron juez, y todo el mundo sabía que juzgaba con justicia. En una oportunidad, le tocó juzgara un hombre que ya había sido sentenciado a prisión, pero quería cambiar su triste suerte. El prisionero no hacía sino llorar su desgracia todo el día. El juez no era capaz de olvidar las lágrimas de aquel hombre condenado a prisión, y por las noches no podía dormir. En su cama, daba vueltas y vueltas, quería hacer algo por el prisionero, ¿pero qué?

Al amanecer, el juez justo fue a la cárcel, entró en la celda del prisionero, lo saludó y le dijo que se quitara la ropa y se pusiera la suya. Vestido de juez, podría engañar a los guardias y salir libremente. El hombre hizo lo que le dijo el juez y salió de la cárcel sin que lo descubrieran. Estaba libre, mientras que el juez había quedado en su lugar, encarcelado. Jesús es como este juez: ocupó tu lugar y te dio la libertad. Y lo hizo porque te ama. Él tomó tu lugar, fue el perfecto reemplazo, y gracias a él tenemos la alegría de saber que, algún día, el pecado será derrotado y ya no habrá más muerte ni dolor.


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