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El «antipecado»

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«En mí, es decir, en mi naturaleza débil, no reside el bien. [...] No hago lo bueno que quiero hace; sino lo malo que no quiero hacer. [...] No soy yo quien lo hace, sino el pecado que está en mí» (Romanos 7: 18-20).

¿HAS PADECIDO alguna vez alguna enfermedad? Ojalá que no. Yo, cuando tenía más o menos tu edad, tuve la varicela, que por cierto me hizo sentir fatal durante varios días. Tenía la piel cubierta de unos granos horrorosos, ¡incluida la cabeza, debajo del pelo! Me escocía todo el cuerpo y lo único que quería era rascarme. Para evitar que me rascara, mi mamá me echaba talco por todas partes, porque si te rascas hay más probabilidades de que te queden cicatrices. Si has tenido la varicela, entenderás de qué estoy hablando. La varicela no tiene nada de bueno. Espera, sí, tiene una cosa buena: solo la puedes tener una vez en la vida.

Cuando has tenido la varicela, tu cuerpo crea inmunidad permanente a esta enfermedad, de manera que nunca más vuelves a padecerla. Creo que este es un gran consuelo, ¿no te parece? No se sabe cuál es la verdadera razón por la que no padecemos más que una sola vez ciertas enfermedades. ¿Por qué, si ya las hemos padecido, somos inmunes a ellas aunque haya un brote de epidemia? Pues lo que se cree es que el cuerpo queda mejor preparado después del primer ataque y resiste la entrada, una vez más, de la misma enfermedad. Estos virus, al entrar en nuestro organismo, activan unos «anticuerpos» que destruyen los gérmenes que quieran volver a entrar. Esta es una explicación sencilla a una cuestión compleja.

Yo te pregunto: ¿no sería fabuloso que sucediera lo mismo con el pecado? ¿No te gustaría que, tras pecar una vez, ya tú crearas un rechazo al pecado de tal manera que nunca más quisieras volver a pecar? Ya lo creo que sería fenomenal. Y aunque no sucede exactamente así, sí existe una especie de «anticuerpo» contra el pecado; vamos a llamarlo «antipecado». ¿Cuál es? Es el amor a Jesús. Cuando amamos a Jesús, no queremos volver a herirlo desobedeciéndolo nuevamente. Por eso no hay que estar tan preocupado por lo que se hace, sino por amar a Jesús lo suficiente como para no querer volver a hacer lo malo.


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