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El árbol de los chicles

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«Si al llevar tu ofrenda al altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí mismo delante del altar y ve primero a ponerte en paz con tu hermano. Entonces podrás volver al altar y presentar tu ofrenda» (Mateo 5: 23-24).

CUANDO ESTUDIABA en la Universidad Autónoma del Caribe, solía ir en los descansos a la cafetería con mi amiga Alba. Curiosamente, las mesas estaban por debajo llenas de chicles. Pero eso era al final del semestre; al inicio del nuevo semestre, ¡ya no había ninguno! Yo me preguntaba: «¿Quién despegará todos los chicles? ¡Qué trabajo tan horrible y aburrido!».

Un día leí en la prensa que en Tlalnepantla, México, hay un árbol cuyo tronco está lleno de chicles. ¿Nacieron allí esos chicles? ¡No! La gente los pega en ese tronco antes de subir al trasporte público, para no tirarlos al piso. Algunas personas tiran chicles en las escaleras, en el piso, o los pegan debajo de las bancas del parque, e incluso en la casa cuando hay visitas, ¡increíble! Un chicle pegado es muy molesto y contaminante. ¿Te imaginas toda la saliva que contienen Acabas de poner la misma cara de asco que tengo yo? ¿No crees que es mejor tirar los chicles usados al cesto de la basura?

Esto de cómo deshacernos de los chicles es un problema, porque si los tragamos, como nos decían de pequeños, «Se nos pegan a las tripas». El texto bíblico de hoy dice que, cuando estamos ofreciendo un servicio a Dios y de repente recordamos que una persona nos ha hecho algo, debemos detenernos, ir a hablar con esa persona y luego volver a la iglesia. Hay personas que nos pueden resultar molestas como un chicle mal pegado. Hay personas a las que, como nos sucede con los chicles, no podemos «tragar». Nos caen mal, o nos han hecho algo que nos hirió y no queremos saber de ellas. Nos resulta difícil hablar con ellas; «Lo mastico, pero no me lo trago», decimos. Esta no es una actitud correcta.

Igual que no hemos de tirar chicles usados al piso ni pegarlos donde quiera, tampoco hemos de desechar a nadie, sino dejar el problema en manos de Jesús. Pedirle a Jesús que nos ayude a saber cómo tratar a todo el mundo ya no descartar a nadie.


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