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¿Acaso tú eres un lagarto cornudo?

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«No permitas que tus labios te hagan pecar, y luego digas ante el enviado de Dios que lo hiciste por error. ¿Por qué hacer que Dios se enoje por lo que dices?» (Eclesiastés 5: 6).

¿HAS OÍDO HABLAR del lagarto cornudo? También se le conoce como llorasangre. Abunda en Guatemala, México, el sur de los Estados Unidos y de Canadá, y en otras regiones del continente Americano. Si lo buscas en Internet, verás que es como una mezcla entre un sapo enorme y una iguana, pero más feo y con una particularidad: este reptil tiene seis cuernos en la cabeza. Por eso lo llaman así, y por eso también da tanto miedo.

El lagarto cornudo tiene la piel rugosa y con escamas puntiagudas; su cuerpo es aplanado y cambia de color para adaptarse al medio y camuflarse, de modo que no se lo coman sus depredadores. Su verdadero color es café oscuro y en su pancita tiene franjas de color negro y amarillento. Se alimenta de hormigas, mosquitos, arañas, grillos, escarabajos, moscas... qué menú tan apetitoso, ¿eh? Además del camuflaje, el lagarto cornudo utiliza otro mecanismo de defensa que es bastante impresionante. Primero se queda paradito, quietecito, inmóvil, como pasivo; y cuando su enemigo se acerca, entonces reacciona rapidísimamente inflándose y lanzando horribles chorros de sangre por las comisuras de los ojos. Esos chorros pueden alcanzar hasta dos metros de distancia. No me digas que no es increíble: parece tan bueno, quietecito, y de pronto zasss, toma golpe de sangre volando por los aires. Menudo animales este.

¿Y si te digo que nosotros muchas veces somos tan «animales» como el lagarto cornudo? Sí, porque aparentamos ser tranquilos, pasivos, como que no pensamos nada, pero de pronto atacamos a otras personas porque resulta que, en nuestro interior, estábamos enojados. Tal vez no lanzamos chorros de sangre, pero sí soltamos groserías por nuestra boca. Esto está bien que lo haga un animal, pero un niño cristiano, no. Nosotros dependemos de Jesús para que nos defienda; y mientras, tratemos a todo el mundo bien para no buscarnos problemas de los que Jesús necesite defendernos. ¿O acaso tú eres un lagarto cornudo? Pues si no lo eres, no actúes como si lo fueras.


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