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Renovarse o morir

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«Sean transformados mediante la renovación de su mente» (Romanos 12: 2, NVI).

¿TE GUSTA SUBIRTE a los árboles? Estoy segura de que te encanta, aunque también imagino que ves el riesgo que se corre cuando uno está ahí arriba, y la distancia con el suelo parece demasiado peligrosa. Sin embargo, a pesar de todo, los árboles tienen un atractivo irresistible. Siempre dan ganas de subirse a ellos y ver el mundo desde allí arriba.

Cuando tocamos la parte de afuera del tronco de los árboles, nos damos cuenta de que es áspera y dura, además de muy bonita, sin duda. Esa parte externa se llama corteza, aunque estoy segura de que eso ya lo sabías. Pues bien, la corteza es como la piel muerta de los árboles. En realidad ya no tiene vida, pero sirve para proteger la parte de dentro del árbol, que todavía está creciendo. Y eso, ¿lo sabías? Es interesante que algo muerto, duro y áspero, tenga una función tan importante como proteger la vida interior.

Los árboles continuamente renuevan su corteza: van eliminando la vieja y sustituyéndola por otra nueva que proteja mejor la vida interior del árbol. Pues bien, en nuestra vida espiritual, podemos aprender mucho de la corteza de los árboles.

Digamos que el interior de nuestro «árbol» es nuestra espiritualidad, nuestra relación con Jesús y nuestra manera de vivir la religión. Todo eso necesita «ser protegido», porque hay influencias, hábitos, compañías, lecturas, pensamientos, videojuegos o programas de televisión, que dañan nuestra fe. ¿Cómo podemos proteger la fe? Renovando nuestra capa protectora, que es nuestra manera de pensar. Por eso la Biblia dice: «No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta» (Romanos 12: 2, NVH).

Nunca es demasiado tarde. Tú y yo podemos renovar algunas cosas de nuestra vida, como dejar de hacer bromas pesadas y decir mentiras, dejar de sentir envidia y alegrarnos genuinamente cuando a otro le va bien, etcétera. La clave está en pedirle a Jesús que cambie nuestra manera de pensar. Esa será la mejor protección de nuestra fe. No renovar nuestra manera de pensar conforme a la Biblia, es morir espiritualmente.


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