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Hoy comemos sopa de piedra

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«Padre nuestro que estás en el cielo, [...] hágase tu voluntad en la tierra, así como se hace en el cielo» (Mateo 6: 9-10).

SE CUENTA que un caminante pobre llegó a una pequeña aldea llevando en su mochila apenas una ola vacía y una cuchara. Llevaba días caminando, por eso estaba sucio, cansado y, sobre todo, hambriento. Decidió sentarse en un banco en la plaza del pueblo. Allí, en la plaza, la gente comía y bebía. El viajero se acercó a varias personas para pedirles algo de comer, pero nadie quiso darle ni las migajas que les sobraban. Qué triste, ¿verdad? Pues el viajero, sin perder el ánimo, encendió un pequeño fuego, agarró su ola vacía, la llenó de agua de la fuente, echó dentro una piedra y comenzó a cocinarla.

La gente, extrañada, se le acercó:

-¿Qué hace usted? ¿Acaso va a cocinar una piedra? -le preguntaron.

-Esta no es una piedra cualquiera; es una piedra especial. Con ella se hace la mejor sopa del mundo. Ustedes mismos podrán comprobarlo.

Muchas personas se juntaron alrededor del viajero. «¿Una sopa especial? ¡Eso habrá que verlo!», pensaban. Cuando el agua empezó a hervir, el visitante sacó la cuchara de su mochila y la probó.

-¡Qué rica me está quedando! Si tuviera un poco de carne, estaría espectacular.

Y alguien le dio un poco de carne.

-Ahora está más rica -añadió el forastero—. Pero con verdura estaría exquisita.

Una mujer, que acababa de llegar del mercado, le dio zanahorias y arvejas.

-Nunca he comido nada tan delicioso -dijo el viajero-. Con papas y sal, sería lo máximo.

Un muchacho fue a buscar papas y sal. Cuando la sopa estaba lista, el viajero dijo a la gente que buscaran platos. Todos degustaron la «sopa de piedra».

¿Qué te parece la inteligencia de este viajero? Lo que hace especial a este hombre es su actitud positiva ante las dificultades. Cuando las cosas te vayan mal, puedes decidir entre impacientarte, rechistar y protestar; o ser paciente y aprender a esperar Jesús nos ha enseñado a orara Dios para que se haga su voluntad. Por eso, esperemos la respuesta de Dios a nuestros problemas, porque él sabe lo que más nos conviene. Mientras tanto, estemos contentos.


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