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Trampas en el camino

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«Fijemos nuestra mirada en Jesús, pues de él procede nuestra fe y él es quien la perfecciona. Jesús soportó la cruz, sin hacer caso de lo vergonzoso de esa muerte, porque sabía que después del sufrimiento tendría gozo y alegría; y se sentó a la derecha del trono de Dios» (Hebreos 12: 2).

CUENTA UNA VIEJA LEYENDA QUE, en la antigua Grecia, una hermosa joven llamada Atalanta desafió a todos sus pretendientes a que corrieran contra ella. El que ganara, recibiría un premio muy especial: ella misma. El campeón podría casarse con ella, que era bellísima. Lo interesante es que Atalanta también correría en la carrera. Estaba convencida de que nadie podía ganarle.

Muchos atletas trataron de conseguirla, pero ninguno lo logró, hasta que apareció en escena el apuesto Hipómenes. El día de la carrera, el joven Hipómenes se presentó con tres manzanas de oro que le había dado Afrodita, la diosa del amor. Los espectadores se preguntaban para qué serían aquellas manzanas tan hermosas. Y muy pronto lo descubrieron.

Comenzó la carrera y ambos corredores se situaron en la línea de salida. Hipómenes en seguida logró sacarle cierta ventaja a Atalanta, pero cuando la joven se le acercó, él dejó caer una manzana de oro. Ella, hechizada por la belleza del fruto dorado, se agachaba para recogerlo, perdiendo así de vista la carrera y concediendo más ventaja a su adversario. Esto mismo sucedió tres veces. En la tercera ocasión, Hipómenes aprovechó para ganar la carrera. Atalanta nunca pudo recuperar la ventaja que había concedido a su adversario, y finalmente perdió, porque con cada manzana que él dejaba caer, ella iba perdiendo de vista el objetivo de la carrera.

¿Sabes una cosa? La vida cristiana se parece mucho a esta carrera. Siempre hay alguien que desea distraernos. Ese alguien es el enemigo. No me gusta mucho hablar del enemigo, pero es real, existe, y quiere desanimarnos de seguir avanzando hacia la meta, que es la vida eterna. Por eso nos arroja «manzanas de oro» en el camino; cosas que nos atraen y que nos van a distraer del objetivo. No nos dejemos tentar. Fijemos la mirada en Jesús y sigamos avanzando hacia la meta, ignorando las trampas del camino. De lo contrario, perderemos la carrera, y eso sería lo más triste que nos podría pasar.


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