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Sin fronteras

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«Del Señor es el mundo entero, con todo lo que en él hay, con todo lo que en él vive» (Salmo 24: 1).

SI MIRAS UN MAPA del mundo verás que cada país tiene unas líneas que establecen sus límites con los países de al lado. Pareciera como si esas líneas existieran en realidad, pero si miras alguna fotografía de la tierra desde el aire, te darás cuenta de que no existe ninguna línea que divida a un país de otro. Las fronteras que separan a unos países de otros las han puesto ahí los seres humanos para impedir que otros entren en lo que consideran «suyo», pero lo cierto es que la tierra es una sola superficie, sin divisiones.

Para entrar a otro país distinto al tuyo, e incluso cuando regresas a tu propio país, debes mostrar siempre tu pasaporte. En él te estampan un sello, según el cual te dan permiso para permanecer en ese país durante cierto tiempo. ¿Alguna vez te has preguntado cuándo y por qué se inventó el pasaporte? Verás, antes de la Primera Guerra Mundial era muy fácil pasar de un país a otro, pero después de esa guerra, a principios del siglo XX, se impusieron requisitos más rigurosos para viajar al extranjero. El objetivo era impedir la entrada de personas que fueran a hacer el mal o que causaran problemas de empleo. Hay países que jamás permitirán que los habitantes de ciertos países entren por sus fronteras. Esto es muy triste, pero es porque vivimos en un mundo de pecado.

Si alguna vez has viajado a otro país, te habrás dado cuenta de que debes hacer una larga fila para presentar tu pasaporte y que te pongan un sello en el que te dan el permiso para entrar. Esas filas son muy, muy aburridoras, pero es la única manera de poder entrar a ese nuevo país. Afortunadamente esto cambiará muy pronto, cuando Jesús vuelva a buscarnos. Entonces no habrá países, ni pasaportes, ni fronteras, ni límites. La tierra nueva será la misma para todos, y podremos movernos por ella libremente, volando de un lugar a otro sin necesidad de pasaporte.

Cuando Jesús vuelva otra vez, podremos viajar a todos los mundos habitados por seres maravillosos que no son verdes, ni pegajosos, ni cabezones, ni tienen grandes escamas, ni nada de eso. Los conoceremos, hablaremos con ellos, aprenderemos de ellos..., y podremos hablarles de cómo Jesús nos salvó. Y además viviremos eternamente con Jesús. ¿No te parece genial?


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