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Hay elogios que no son elogios

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«Humíllense, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él los enaltezca a su debido tiempo» (1 Pedro 5: 6).

¿TE GUSTA QUE TE ELOGIEN? ¡Y a quién no le gusta! Los elogios no son malos si no nos vuelven orgullosos, pero el problema es que no siempre son sinceros. Mira lo que le pasó a mi hija Andreíta.

Cuando comenzó la escuela, Andreíta era la niña más colaboradora de su clase; así se lo decían sus maestros. Cuando cumplió doce años, que ya estaba más grande, mi esposo acordó con la cafetería de la escuela que le dieran de comer lo que ella pidiera y nosotros lo pagaríamos al final del mes. Como Andreíta tenía fama de colaboradora, sus compañeros se aprovecharon. Le decían: «Tú eres muy colaboradora», y ella se lo creía, y pedía comida también para ellos. Mi hija nunca imaginó que la elogiaban para beneficiarse. Y así fue como, en los recreos, Andreíta pedía comida para todos.

Un día, la administradora de la cafetería le dijo a mi esposo: «Pastor Márquez, ¿usted le ha dado permiso a su niña para que pida comida para todos sus amigos? Se lo pregunto porque creo que le va a llegar un cobro enorme al final del mes». Mi esposo se asustó y, efectivamente, llegó una factura de la tercera parte de su salario. Mi esposo le mostró a la niña lo que le había quedado de sueldo y le preguntó: «¿Crees que este dinero nos alcanza para vivir este mes?». Ella, avergonzada, explicó que solo quería quedar bien con sus amigos. Pero a partir de aquel día dejó de invitar a «sus amigos» y... ¿qué crees que pasó? Que hasta allí llegaron los elogios. No habían sido sinceros.

Hay veces en que los elogios sí que son sinceros. Por ejemplo, cuando Dios Padre elogió a Jesús en su bautismo: «Tú eres mi hijo amado, estoy muy complacido contigo» (Lucas 3: 22, NVI). Jesús no se volvió orgulloso con ese elogio, que por cierto había sido muy sincero, porque Dios no miente. ¿Sabes que Jesús, un día, nos elogiará a ti y a mí? Nos dirá: «¡Hiciste bien, siervo bueno y fiel! En lo poco has sido fiel; te pondré a cargo de mucho más» (Mateo 25: 21, NVI). Ese sincero elogio no nos volverá engreídos, y será lo más bonito que oiremos jamás.


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