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Un buen marinero

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«El Rey les contestará: “Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicieron"» (Mateo 25: 40).

ESTO QUE TE VOY A CONTAR AHORA, es un hecho real; sucedió en la ciudad de Nueva York, en los Estados Unidos, hace ya algún tiempo. Es la historia de un anciano que perdió el conocimiento cuando iba caminando por la calle. La gente llamó en seguida a una ambulancia, y el anciano terminó en una cama de hospital. Una de las enfermeras que lo atendió recibió el cometido de localizar a un familiar del anciano, pues todo parecía indicar que pronto moriría.

Siguiendo el rastro de la documentación de aquel hombre, la enfermera supo que tenía un hijo que era marinero y que trabajaba en un barco que estaba precisamente atracado en el muelle de la ciudad. La mujer hizo averiguaciones y descubrió que en aquel barco había un solo marinero con el mismo apellido del anciano. Lo llamó y le pidió que acudiera inmediatamente al hospital. El marinero acudió.

-Su hijo está aquí -informó la enfermera al anciano.

El anciano, adormecido por las medicinas, levantó el brazo. El marinero le agarró la mano y la tuvo entre las suyas durante varias horas. De vez en cuando la enfermera le sugería al marinero que se tomara un descanso, pero el joven se negaba a abandonar aquella cama. De madrugada, el anciano falleció. Entonces, sorprendentemente, el marinero preguntó a la enfermera:

-¿Quién era ese hombre?

-¿Cómo? ¿No era su padre? -respondió ella, extrañadísima.

-No -dijo el marinero-, pero como se estaba muriendo y necesitaba el amor de un hijo, me quedé a hacerle compañía.

Así como el anciano de esta historia, a nuestro alrededor hay muchas personas que tienen necesidades, materiales y afectivas. Nosotros podemos ayudarles. Ojalá estemos dispuestos a ver las necesidades de los demás y a echarles una mano en lo que esté a nuestro alcance hacer por ellos. Porque un buen cristiano ha de ser igual que este buen marinero: compasivo y fiel.


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