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Pequeño pero grande

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«¿Cómo voy a salvar a Israel? Mi clan es el más pobre de toda la tribu de Manasés, y yo soy el más pequeño de mi familia» (Jueces 6: 15).

CUANDO YO ERA NIÑA, una maestra me contó esta historia, que es verdadera y ocurrió en Holanda. Es la historia de Guillermo. Guillermo era un muchachito de tu edad, y cada día iba caminando a su escuela, cruzando el muelle. Un día, vio que algo no estaba igual que siempre. Por entre dos tablones de madera del muelle corría un pequeño chorro de agua, del tamaño de un dedo. Guillermo se dio cuenta inmediatamente de que aquello no era bueno, y de que podía seguir aumentando el chorro si las tablas se agrietaban más, poniendo en peligro a todo el pueblo. Por eso se le ocurrió introducir un dedo en el agujero y decirle a su hermana que fuera volando a avisar a todo el mundo que había una fuga de agua en el muelle.

Al ratito, la grieta aumentó, así que Guillermo puso dos dedos para taparla; luego tuvo que poner tres, luego cuatro, y luego el puño entero, porque la grieta se hacía más y más grande cada vez. Finalmente introdujo el brazo, hasta el codo. Guillermo no se movió de su lugar, siguió haciendo todo esfuerzo necesario para evitar que el muelle se resquebrajara por completo y el agua inundara el pueblo. Cuando llegaron los expertos con los materiales para la reparación, Guillermo tenía todo el brazo, hasta el hombro, dentro de la grieta, pero el agua no se había desbordado. Él los salvó de una inundación.

Los chicos como tú pueden hacer muchas cosas importantes. Dios utilizó a David, siendo aún muy joven, para derribar a un gigante de una sola pedrada, y lograr así la libertad de su nación. Una jovencita hebrea hizo que Naamán se convirtiera. Un niño ofreció su almuercito a Jesús, que con él alimentó a una multitud. Gedeón se creía poca cosa, pero con Dios ganó la batalla. Como ves, Jesús no necesita que seas grande, ni el más inteligente, ni la más linda o la mejor en todo. Jesús solo necesita que te dejes usar por él.


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