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Las apariencias engañan

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«Acerquémonos a Dios con corazón sincero [...], limpios nuestros corazones de mala conciencia y lavados nuestros cuerpos con agua pura» (Hebreos 10: 22).

¿TE IMAGINAS cómo sería vivir debajo del mar? El mar es la casa de muchos animales. Algunos nadan, otros flotan o se arrastran, y otros se quedan en el fondo y no vuelven a moverse nunca. En el mar habitan criaturas que no son lo que parecen. Por ejemplo, las ballenas y los delfines, aunque parecen peces, no lo son, son mamíferos; la anguila, aunque parece una serpiente, es un pez; las esponjas, los corales y las anémonas ni siquiera parecen animales, más bien parecen plantas, pero no lo son; ¿y qué me dices del caballito de mar? ¿Acaso no es increíble pensar que es un pez? Pues lo es. La estrella de mar también es un animal, aunque tampoco lo parezca.

En la tierra también hay quienes no son lo que parecen. Por ejemplo, existe una curiosa planta que confunde bastante porque parece una piedra. De hecho, se la llama «planta piedra», y de verdad que engaña a nuestra vista. ¡Parece totalmente una piedra! ¿No me crees? Búscala en Internet con ese nombre, o con el nombre de Lithops. Estas plantas se parecen a las piedras porque, para conservar la humedad y no perderla en los meses en que no llueve, su tallo se ve redondito como si fuera una piedra.

A veces las personas tampoco son lo que parecen. Lamentablemente, muchas veces nos parecemos a los exóticos peces del mar y a las plantas piedra: deseamos aparentar que somos buenos cristianos, y por eso nos vestimos y nos comportamos como si lo fuéramos; pero, por dentro, no lo somos. Por dentro estamos pensando en cosas que no agradan a Jesús.

Jesús quiere que seamos auténticos siempre. Que en todo lo que hagamos y digamos, seamos sinceros. Que en casa nos comportemos igual que lo hacemos en la iglesia. Porque vivir de las apariencias no nos lleva a nada. Y por cierto, tampoco dura mucho tiempo: tarde o temprano la gente se dará cuenta de que no somos lo que aparentamos ser.


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