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Los camellos y el futuro, entre otros temores

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«No temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Te fortaleceré y te ayudaré, te sostendré con mi diestra victoriosa». Isaías 41: 10, NVI

CUANDO TENÍA DOS AÑOS, mis padres nos llevaron a mi hermana y a mí al Zoológico. Nos divertimos mirando a los animales e incluso acariciamos algunos de ellos. Sin embargo, toda la diversión finalizó abruptamente cuando nos acercamos al lugar donde estaban los camellos. Muchos niños hacían fila junto a sus padres, esperando su turno para pasear en camello, y mi hermana inmediatamente quiso hacer lo mismo. No recuerdo los detales, pero sé que cuando llegó mi turno de subir al camello vi su boca llena de saliva y me asusté tanto que hice una gran escena mientras mis padres, avergonzados, no atinaban a decir palabra.

Al cabo de un ratito, cuando mi madre ya había logrado consolarme, con mis ojos llenos de lágrimas pude ver que mi hermana y mi padre nos saludaban y son reían mientras disfrutaban de su paseo en camello, y con solo dos años y medio me lamenté profundamente. Ese recuerdo me enseñó una valiosa lección: Una vida llena de temor es una vida que jamás alcanza la plenitud.

En un mundo lleno de inseguridad y cambios inesperados, donde hay tantas cosas que pueden salir mal, puede resultar demasiado fácil sentir miedo y estar inundado de temores: temor al futuro, temor a lo desconocido, temor al fracaso, temor a no sentirse parte del grupo… Algunos afirman que el temor es una emoción que puede protegernos y ayudarnos a evitar el peligro; pero también puede paralizarnos o impedir que alcancemos nuestro potencial en la vida.

Dios sabe que habrá momentos cuando experimentaremos temor y nos sentiremos abrumados por nuestras circunstancias y problemas, y sabe también que no siempre sabremos qué decisión tomar. Para ocasiones como esas, él nos da su seguridad por medio del versículo con que iniciamos esta reflexión.

Hoy ya no le temo a los camellos, pero tengo otros temores. La mejor manera que he encontrado de hacer frente a mis temores es admitirlos y entonces depositar mi confianza en Dios. Si me aferro a su mano, no importa lo que me suceda, sé que estaré en buenas manos. Y entonces podré repetir con confianza las palabras del salmista: «En Dios he confiado. No temeré» (Salmo 56: 11, RV95).

 

Sabine Honosé

Editora de IADPA


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