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«Bendeciré al Señor a todas horas; mis labios siempre lo alabarán». Salmo 34: 1

UN ANTIGUO RELATO SIRIO cuenta de un hombre que se queja del mal estado de sus zapatos. Estaban tan sucios, rotos y desgastados que estaba incluso avergonzado de llevarlos a la escuela. Mientras pensaba en sus zapatos bajó la mirada para verlos y se dio cuenta de que la persona que estaba sentada junto a él no tenía pies.

Otra historia cuenta acerca de una chica que estaba perdiendo el pelo. Una mañana, cuando se despertó, se miró frente al espejo y vio que solo le quedaban tres pelos en la cabeza. Se dijo así misma: «Hoy, me haré una trenza». Fue a la escuela y tuvo un día maravilloso. A la mañana siguiente, solo tenía dos pelos en la cabeza. En lugar de lamentarse, separó su cabello por la mitad y tuvo un día fantástico. Al día siguiente se miró en el espejo y vio que solo tenía un pelo. «Fantástico», exclamó; «¡Hoy voy a hacerme una cola!». Se dirigió a la escuela con sus amigos y disfrutó durante todo el día. Al día siguiente, estaba completamente calva. No había ni un solo pelo en su cabeza, «Gracias a Dios», dijo, «¡Me estaba quedando sin cosas que hacer con mi pelo!».

Cuando era niño, había ocasiones en las que no estaba satisfecho con lo que tenía. Mis zapatos me quedaban ajustados; mi ropa me quedaba pequeña. Mis pantalones siempre me llegaban por encima de los tobillos; era más alto que todo el mundo en el recreo. Me quejaba: «¿Por qué tengo que llevar esta vieja ropa usada? ¿Por qué tengo que ser tan alto?»

Un día visité al médico y este le dijo a mi madre que mi corazón era muy débil y que debía de ponerme en cama y no dejar que me levantase por ninguna razón. ¡Vaya revés! Entonces escuché que mi amigo, que vivía en la casa de al lado, fue al hospital y murió. Al igual que yo, él también tenía nueve años. Dejé de quejarme.

Desde entonces ha habido muchas ocasiones en las que he tenido buenas razones para quejarme (o eso pensaba yo). ¡En momentos como esos me acuerdo de bendecir al Señor y alabarlo continuamente!

Recuerda hoy que no siempre puedes cambiar tus circunstancias, pero siempre puedes alabar a Dios a pesar de llevar zapatos viejos y de no tener pelo.

 

Richard Barron

Estados Unidos


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