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Yo vi el futuro

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«Entonces vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido y también el mar». Apocalipsis 21: 1, NTV

A PEDIDO DE AMIGOS MUY APRECADOS he decidido contar brevemente mi experiencia con la esperanza de que esto te aliente y fortalezca. Me encontraba una mañana en casa de una hermana y nos arrodillamos para iniciar el culto familiar. Mientras yo oraba tuve una visión del futuro. Sentí que me elevaba cada vez más lejos de nuestro mundo, y vi nuestro viaje hacia la Nueva Jerusalén.

Me pareció que volaba muy por encima de nuestro planeta. Miré hacia la tierra, buscando a la Iglesia Adventista, pero no la vi en ninguna parte, entonces una voz me dijo: «Vuelve a mirar un poco más arriba». Levanté la mirada y vi un camino recto y estrecho que se extendía muy por encima de nuestro mundo y la Iglesia Adventista lo transitaba en dirección a la ciudad que se veía al final del mismo.

Delante iba Jesús, guiándonos hacia la ciudad, y sino apartábamos los ojos de él íbamos seguros. Pero algunos se cansaron muy pronto y dijeron que la ciudad estaba muy lejos, y que pensaban que debían haber llegado ya. Entonces Jesús los animaba levantando su brazo derecho y exclamaban: «¡Aleluya!».

Al llegar a la ciudad Jesús sacó coronas y nos las colocó con su propia mano. Nos dio también arpas de oro y palmas. Había ángeles a nuestro alrededor mientras caminábamos por el mar de vidrio hacia las puertas de la ciudad. Allí vimos el árbol de la vida y el trono de Dios, del que fluía un río de agua pura. Vi también una mesa de plata pura, de muchos kilómetros de longitud. Vi los frutos del árbol de la vida, le rogué a Jesús que me permitiera comer del fruto, pero él me respondió: «Todavía no. Debes volver a la tierra y contar a otros lo que has visto». Entonces un ángel me trajo de regreso a este oscuro mundo.

Cuento esto para que sepas que aunque tendremos que pasar por muchas pruebas, nuestras aflicciones, que solo duran un momento, producirán en nosotros un excelso y eterno peso de gloria.

Hoy te animo a fijar tu vista no en las cosas que se ven, pues estas son pasajeras; fija tu mirada en las que no se ven, pues ellas son eternas.

 

Ellen G. White

*Adaptado de Primeros Escritos (Doral, Florida: ADPA, 2010), cap. 1, pp. 35-42.


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