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Los mangos y la confesión

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«Decidí confesarte mis pecados, y tú, Señor, los perdonaste». Salmo 32: 5

CON APENAS CUATRO AÑOS yo no sabía nada de cómo funciona el perdón. Pero un día entendí de manera práctica la importancia de la confesión de los pecados. Permíteme contarte lo que sucedió en mi familia.

Mi padre era pastor en Colombia. Un día unos miembros de una de las iglesias le regalaron a mi madre varios mangos. ¡Eran enormes y se veían apetitosos! Mi madre los guardó para una comida especial, pero si creciste o vives en una familia con varios hermanos sabes que la decisión de mi madre conllevaba el riesgo de que la comida «desaparezca». Eso fue lo que pasó con los mangos; cuando mi madre quiso usarlos, notó que faltaban dos, así que empezó la investigación.

Mamá preguntó a sus cuatro hijos y unas sobrinas que vivían en casa, pero fue imposible dar con el culpable. Usó todos los medios de persuasión que conocen las madres para ver si el culpable confesaba su delito, pero nadie decía nada. Después de mucho investigar, descubrió que mi hermano mayor, Enoc, era el culpable de la travesura. Mi madre lo interrogó, pero él negó sus acciones. Ella quería que él confesara, sin embargo ante su negativa se vio obligada a llevarlo al rincón del patio donde alguien lo había visto comerse los dos mangos.

Allí estaban las dos semillas de los mangos. Ante la presión de mamá y las evidencias, Enoc reconoció la falta. Tratando de minimizar el castigo que se avecinaba, y ya arrepentido, confesó que se había comido solo un mango. Mamá, un poco enojada, le preguntó por qué negaba el segundo mango si ante él estaban las pruebas irrefutables de su delito: las dos semillas. Enoc, cándidamente, respondió: «Es que el mango que yo me comí tenía dos semillas». Mi madre tuvo que contener la risa ante tan ilógica respuesta.

Quizás te estés riendo ante la respuesta de mi hermano, pero a veces nosotros mismos no comprendemos que para ser perdonados hemos de confesar todos nuestros pecados. No es seguro andar por la vida con un mango confesado y otro no. Dios ha prometido perdonar todos nuestros pecados, solo tenemos que confesarlos.

Recuerda las palabras del apóstol: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados» (1 Juan 1: 9, RV95).

 

Pedro Iglesias

Colombia


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