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«El que pone la mano en el arado y sigue mirando atrás, no sirve para el reino de Dios». Lucas 9: 62

EN 1992 SE CELEBRÓ el quinto centenario de la llegada de Cristóbal Colón al continente americano. En mi experiencia personal recuerdo ese año como «agridulce», pues experimenté dulces momentos de victoria espiritual, pero también viví situaciones amargas que me inquietaron durante mucho tiempo.

Ese año, y con solo dieciséis años de edad, comencé a visitar la Iglesia Adventista de mi sector y me atrajo tanto la camaradería que decidí asistir regularmente. Fueron días maravillosos. Sin embargo, no todo fue color de rosa. La idea de asistir a la iglesia no agradó a mis familiares, especialmente a mi madre.

Por cuestiones laborales falté un sábado a la iglesia, nunca imaginé que esa acción desataría toda una tormenta. Aquel mismo día, mientras almorzaba con mi familia, los miembros de la iglesia fueron a visitarme, pues estaban preocupados porque no había ido a la iglesia aquel sábado. Tan pronto los hermanos se hubieron retirado los minutos se convirtieron en horas, fue una tarde aterradora. Mi madre comenzó a recriminarme por mi «mal comportamiento» al desobedecerla y asistir a la iglesia.

Los meses siguientes me parecieron años, cada día se libraba una nueva batalla, hasta que un día tomé la decisión de bautizarme. Le comuniqué mi decisión a mi madre y ella me dijo: «En esa iglesia no», y medio una bofetada. Intenté explicarle, pero lo que conseguí fue varios bofetones más. No obstante, entre lágrimas, le dije que la amaba y respetaba, pero que no daría un paso atrás. En ese momento me golpeó aún más fuerte y me dijo: «Si es así, te vas de mi casa».

Salí de casa sin tener adónde ir, pero Dios proveyó un refugio para mí en la misma iglesia. Al cabo de nueve meses, mientras estaba en la puerta de la iglesia, escuché la voz entrecortada de mi madre diciéndome: «Quédate en la Iglesia Adventista, pero regresa a casa».

Ya han pasado veinticinco años desde aquel día, hoy soy pastor adventista, tuve el privilegio de bautizar a mi madre (hoy descansa esperando la resurrección), a mi padre y uno de mis hermanos.

El camino de la fe está lleno de obstáculos, pero también de esperanza y la seguridad de que Dios nos guía en todo momento. ¡No temas!

 

Roberto Matos

República Dominicana


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