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Milagro en el púlpito

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«Yo te daré instrucciones, te daré consejos, te enseñaré el camino que debes seguir». Salmo 32: 8

ENTRAR Y MIRAR AL MAESTRO me hizo sudar. El temblor en mis manos delataba mis nervios. Entregué las hojas que contenían un discurso de cinco minutos sobre la importancia del agua. El maestro me miró, revisó el discurso y me dijo: «Está bien, continuemos». Permíteme contarte por qué estaba tan nervioso aquel día.

Consideraba que la clase «Arte de hablar en público» era la más difícil de la carrera de Teología. Uno de los requisitos de la clase era predicar un sermón improvisado. Logré sobrevivir a esa prueba, pero la segunda ronda requería presentar una habilidad en cinco minutos. Uno enseñó a planchar y otro cómo hacer el nudo de la corbata y así hasta que llegó mi turno. Llevaba un material de bejuco plástico para enseñar una manualidad. Lo hacía bien, pero no delante de la gente. Mientras sostenía la muestra las manos me temblaban, algunos se burlaron y yo solo quería que la tierra me tragara en ese momento. Esa experiencia me marcó por el resto de la clase.

Entonces llegó el día del examen final. Debía presentar un discurso de cinco minutos frente a seiscientos alumnos. Ese domingo, antes de ir a la iglesia para presentar el discurso, lloré y cuestioné a Dios. «Si me has llamado para ser pastor -le dije-, ¿por qué no puedo hablar en público». Ese día estaba tan nervioso que busqué mi corbata durante varios minutos sin darme cuenta de que ya la tenía puesta. Solo un milagro podía cambiar mi situación.

No sé lo que pasó, solo recuerdo que cuando me paré y vi ese grupo grande, alcancé a decir en mi mente «Señor, sálvame» y empecé mi discurso. Todos voltearon para ver qué pasaba. Hablé con valor y de pronto me detuve justo al minuto número cinco. El maestro medio la máxima calificación del curso y dijo: «No sé qué pasó, pero eres diferente a como empezaste el curso». Yo sí sé lo que pasó: Dios obró un milagro, y lo repite cada vez que predico.

¿Cuál es tu miedo o desafío? Preséntalo a Dios y permite que él te instruya y te muestre el camino.

 

Hiram Ruiz

México


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