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Tres veces libre

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«Así que, si el Hijo los hace libres, ustedes serán verdaderamente libres». Juan 8: 36

UN INTENSO DOLOR DE CABEZA me atormentaba; no podía conciliar el sueño. Los médicos no sabían lo que me pasaba, no sabían qué medicamento prescribirme e incluso llegaron a sugerir que mi problema no tenía cura.

Mis padres, miembros de la Iglesia Presbiteriana, invitaban constantemente a los ancianos de la iglesia a casa para que oraran por mí, pero mi salud no mejoraba; al contrario, con el correr de los días, seguía empeorando. Frecuentemente escuchaba voces que me decían que ellos destruirían mi vida hasta llevarme a la tumba y llegué a pensar que me estaba volviendo loco.

Tenía en mi poder una Biblia en idioma tzeltal, pues esa es mi lengua materna. Muchas veces traté de estudiarla pero Satanás se enfurecía totalmente y hasta oí claramente cuando me ordenó que la quemara y casi me obligó a levantarme de la cama y echarla al fuego. Nunca le obedecí y le pedía mi familia que la protegieran de cualquier acto de locura que pudiera cometer. Aun en la condición que me encontraba, los dirigentes presbiterianos me nombraron su predicador.

Cierto día fui a casa de mi tía María, que es adventista del séptimo día, para que me suministrara un medicamento. Allí estaban realizando un culto dirigido por personas que yo no conocía, pero amablemente me invitaron a quedarme. Al terminar la reunión me dieron un curso bíblico para estudiar. Pasaron tres semanas y finalmente me animé a estudiar ese folleto que me habían regalado. Mientras estudiaba cuidadosamente este folleto me sorprendí cuando llegue a la parte que hablaba sobre el sábado. Mi sorpresa fue mayor al descubrir que el sábado no había sido abolido y lloré mucho por los hermanos que me habían elegido como su predicador y por mi familia que guardaba el domingo.

Fue difícil aceptar que estaba equivocado. Decidí hacer lo mejor y acepté la verdad del sábado como el día de adoración a Dios. El pastor adventista me visitó y decidí aceptar a Jesús y le entregué mi vida por medio del bautismo por inmersión. Mi familia se molestó mucho y he tenido serios problemas por causa de mi fe, pero hoy estoy sano y sirvo al Dios que me libró del pecado, del error y de la muerte.

 

Samuel Guzmán López

México


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