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«Amen al Señor su Dios, obedézcanlo y séanle fieles, porque de ello depende la vida de ustedes y el que vivan muchos años en el país que el Señor juró dar a Abraham, Isaac y Jacob, antepasados de ustedes». Deuteronomio 30: 20

DURANTE EL AÑO 1999 ENFERMÉ de tuberculosis abdominal. Después de haber asistido a una actividad de la iglesia me agravé en el camino de regreso y no pude llegar a casa. Me trasladaron al hospital de la ciudad de Mochil donde me hicieron una primera operación. Los médicos no pudieron quitar los tumores y me trasladaron al hospital regional en Tuxtla Gutiérrez, donde estuve interna por tres meses.

Luego del primer mes me realizaron una segunda operación; pero los médicos tampoco pudieron sacar los tumores, ya que abarcaban todo el abdomen. Decidí hacer una promesa a Dios, y dije: «Señor, solo tú conoces mi pasado, presente y futuro. Permíteme vivir para servirte, me dedicaré enteramente a tu servicio, y si no fuera así, ¿para qué quiero la vida? Tómala en este momento».

Un viernes mis pies empezaron a encogerse, mis manos y el cuello a torcerse, me quedé sin fuerzas. El dolor era muy agudo. Los médicos y enfermeras subieron a verme. Intentaron ayudarme pero no pudieron y me dejaron sola, ordenaron que nadie entrara, ni siquiera un médico o una enfermera en mi cuarto. Mi familia esperaba que alguien saliera para avisar que había muerto pero en medio de la desesperación se arrodillaron y clamaron a Dios por mí. Al terminar, vino a sus mentes ungirme, así lo hicieron y al final me dejaron cubierta totalmente con una sábana.

Al despertar no me podía mover, ni hablar; solo pude mover la mano derecha y mi hermano, que estaba muy pendiente de mí, nuevamente se arrodilló y clamó a Dios por mi salud y así quedé dormida hasta la mañana. Al despertar no sentí dolor, me levanté, caminé, hablé y salí de mi cuarto a saludar a las enfermeras quienes se asustaron pues creían que esa noche moriría. Les dije que Dios tenía un plan para mí.

Hoy, alabo a Dios que me ha permitido vivir diecisiete años después de ese incidente. Me gozo en alabar su nombre y te animo para que uses tu vida para predicar a este mundo la venida de Cristo.

 

Hilaria Ruiz González

México


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