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¿Vale la pena ser misionero?

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«El Señor dice: “Mis ojos están puestos en ti. Yo te daré instrucciones, te daré consejos, te enseñaré el camino que debes seguir"». Salmo 32: 8

A LOS CATORCE AÑOS tomé la decisión de convertirme en médico misionero. Cuando terminé los estudios de Medicina y mi especialidad, inicié la carrera misionera en la clínica adventista local que, hoy en día, es un hospital.

Un día, el decano de mi antigua Facultad de Medicina me llamó y me ofreció entrara formar parte del Departamento de Anatomía como profesor. Era un honor prestigioso para un joven médico, y una oportunidad poco frecuente y prematura, para labrarme un nombre en la comunidad médica. Sin embargo, la junta directiva del hospital adventista rechazó la autorización para aceptar el puesto, obligándome a elegir entre «la obra y la cátedra académica».

Durante varios días dudé entre aceptar esta oferta tentadora y el compromiso solemne que había hecho de servir a Dios como médico misionero toda mi vida. Finalmente, por temor a decepcionar a Dios, elegí honrar mi llamamiento, aun que consideraba que la decisión que había tomado era un suicidio profesional y económico.

No obstante, doy gracias a Dios porque, a día de hoy, echando la vista atrás a estos maravillosos años de servicio (casi cincuenta) en diferentes niveles y cargos en la iglesia, puedo proclamar con gratitud que, lejos de haber sufrido un suicidio profesional o financiero, han sido años en los cuales he recibido bendiciones excepcionales. Tal y como me había prometido, desde ese día, Dios me ha «dado instrucciones, y me ha enseñado el camino que debía seguir», y «sus ojos han estado siempre puestos en mí». La vida no ha sido siempre fácil pero, servir a Dios otorga una satisfacción y una alegría que no se pueden medir con dinero u otros bienes materiales.

Nunca me convertí en un eminente profesor, pero mi familia y yo hemos tenido el privilegio de servir plena y directamente en la gran obra de salvación de las almas al conducirlos al Médico supremo. Mi ministerio también ha servido para proteger mi fe, guardarme del egoísmo, del materialismo y de otras tentaciones que amenazan mi relación personal con Dios.

¡Sí! Los planes de Dios para nuestra vida son siempre los mejores, al margen de las circunstancias. Confiemos en él y nunca nos sentiremos decepcionados.

 

Elie S. Honoré

Haití


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