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Bendición al cuadrado

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«Por eso les digo que todo lo que ustedes pidan en oración, crean que ya lo han conseguido, y lo recibirán». Marcos 11: 24

HABIENDO TERMINADO mis estudios universitarios me mudé a otro lugar para enseñar. Fue mi primera experiencia viviendo fuera de casa y de inmediato sentí el peso de los gastos que tuve que afrontar con mi escaso salario inicial. Las cosas se volvieron tan difíciles que mi sueño de ahorrar dinero para regresar de nuevo a mis estudios empezó a parecerme imposible.

Mi madre me aconsejó que orara. Desafortunadamente, mi vida de oración no era de lo más ferviente que digamos; pero pedí ayuda a Dios. Me enteré de una beca para profesores que hubieran enseñado durante al menos dos años. No estaba segura de si debía solicitarla, ya que apenas estaba en mi primer año de enseñanza. Supuse que no iba a cumplir los requisitos. El consejo de mi madre era que, «si Dios quiere eso para ti, será para ti».

Al día siguiente envié mi solicitud y presenté mi renuncia en el trabajo. La matriculación en el programa que acababa de solicitar implicaba mudarme de ciudad. Mis compañeros me preguntaron si me había vuelto loca. Pero continué orando.

«En el gran plan de su providencia -dice Ellen G. White- él suplirá lo que se necesite cada día. Esta lección de Cristo constituye un reproche para los pensamientos ansiosos, las perplejidades y las dudas del corazón infiel [...]. Cumplan con su deber, y confíen en Dios; porque él sabe de qué cosas tenéis necesidad» (Consejos sobre mayordomía cristiana, cap. 44, p. 22:5).

Poco después de volver a casa, mi tío se comprometió a financiar mi primer año de universidad. Di gracias a Dios por su bondad, sin darme cuenta de que él tenía reservados para mí planes aún mayores. Durante la primera semana de clases, el comité de becas me hizo saber que me habían concedido la beca. Iba a recibir la cantidad equivalente a la matrícula completa durante todos mis estudios, además de los fondos de mi tío.

¡El Señor me bendijo doblemente!

Hoy quisiera invitarte a enfrentar la vida con la seguridad de que ese mismo Dios puede bendecirte más allá de lo que imaginas o tienes la capacidad de pedir.

 

Laveta Mead

 

Jamaica


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