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No, no soy ingeniero

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«Mis caminos y mis pensamientos son más altos que los de ustedes». Isaías 55: 9, NVI

DESDE QUE TENGO USO DE RAZÓN, a la pregunta: «¿Qué serás cuando seas grande?» siempre daba la misma respuesta: «Seré ingeniero». Desde segundo grado de primaria hasta finalizar la secundaría concebí que mi nombre estaría precedido de las iniciales «Ing.». A fin de lograr mi acariciado sueño, mis estudios secundarios tuvieron un énfasis especial en Física y Matemáticas. Tras concluir la secundaria ingresé a la mejor Facultad de Ingeniería de mi país. ¡En menos de cuatro años sería un flamante ingeniero!

Todo marchaba a la perfección hasta que me tocó tomar unas clases de Matemáticas que se impartían los viernes después de las seis de la tarde y sábados en la mañana. Como sabrás, aquello representaba una prueba terrible para mí. Procuré sobrellevar el asunto hasta donde me fue posible; hablé con los profesores, apelé al departamento de Ingeniería Industrial. En fin... traté de que el sábado no fuera un impedimento para conseguir el sueño de mi niñez.

¿Sabes cómo termina la historia? Mi nombre no inicia con «Ing.». Sí, sé que habrás leído y escuchado los testimonios de muchos a los que Dios sí les obró el milagro y les abrió puertas para que el sábado no les fuera un obstáculo en su transitar hacia el éxito. Sin embargo, en mi caso no hay un «... Y fueron felices para siempre». Todavía recuerdo aquel funesto viernes de tarde cuando, mientras caminaba por la avenida Los Próceres -bañado en lágrimas e inundado de ira-, tiré mis cuadernos, mis libros y mi inestimable calculadora HP.

¿Por qué Dios no usó su poder para que yo pudiera continuar con mi carrera? ¿Por qué no solucionó lo de mis clases en sábado? Hablando de los designios de Dios, Pablo dice que «nadie puede explicar sus decisiones» (Romanos 11: 33). El mismo Dios que salvó a Daniel, también permitió que Esteban muriera a manos de sus verdugos. Dios no siempre usa las mismas soluciones para los mismos problemas. Sus caminos son insondables.

Hoy, más de veinte años después de aquel trágico viernes, reconozco que aquellas clases sabatinas tenían un propósito: cambiar el rumbo de mi vida. Dios no quería que yo fuera ingeniero. Desde la eternidad había decidido que yo fuera ministro de su Palabra.

Su plan era mucho más grande que el mío.

 

J. Vladimir Polanco

director de la revista Prioridades


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