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«No tengas miedo a los peligros nocturnos, ni a las flechas lanzadas de día». Salmo 91: 5

LOS JUEGOS Y LOS DEPORTES nunca han sido mi fuerte, pero cuando tuve hijos me puse las pilas. Era la joven madre de cinco niñas pequeñas y en la iglesia no había ningún programa aparte de las actividades de la Sociedad de Jóvenes que, lógicamente, estaban dirigidas a chicos y chicas de edad más avanzada.

Sentí la necesidad de participar en actividades espirituales para mantener a mis hijas ocupadas. No me entusiasmaban las reuniones de jóvenes que se celebraban en mi congregación y mucho menos la idea de asistir a programas semanales, pero tenía que asegurarme de que las niñas tuvieran más contacto con las programaciones espirituales. Con este pensamiento, decidí formar un grupo juvenil que se reuniría cada lunes por la noche durante una hora y media, y todos los jóvenes estarían invitados, adventistas y no adventistas.

El programa está estructurado así: el primer lunes se realiza un debate, casi siempre de Mensajes para los jóvenes; el segundo lunes estudiamos la Biblia; el tercero cocinamos y el cuarto lo dedicamos a actividades sociales. El quinto lunes acude un invitado o visitamos a otro grupo de jóvenes.

Una noche, después de la reunión, Sam, uno de los jóvenes, acompañó a casa a una de las chicas y, en el camino, varios agentes de policía lo detuvieron. Sam arrastraba una bicicleta en sentido contrario al tráfico, pero como no iba montado en ella, no estaba transgrediendo la ley; aun así, uno de los agentes intentó golpearlo y lo zarandeó.

Normalmente, los responsables vigilan a los chicos para asegurarse de que llegan a casa, así que cuando vimos a un grupo de gente reunida, nos apresuramos y encontramos a uno de los policías forcejeando con Sam para quitarle la bicicleta. Oramos y argumentamos que el chico no estaba quebrantando la ley, y que podríamos denunciarlos por abuso de poder.

Enseguida captamos su atención. Nos dijeron que lo intentáramos y les dijimos que los denunciaríamos por consumo de alcohol, pues olían a alcohol. Cuando escucharon esto, se marcharon como si no hubiera sucedido nada. Entonces dimos gracias a Dios por habernos guiado y por cuidarnos.

Cuando oramos debemos creer que Dios proveerá, y así lo hizo por nosotros aquella noche.

Hoy también lo puede hacer por ti si se lo pides.

 

Tomasa Ortiz de Smith

Belice


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