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Bajo sus alas

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«Pues él mandará que sus ángeles te cuiden por dondequiera que vayas. Te levantarán con sus manos para que no tropieces con piedra alguna». Salmos 91: 11-12

VIAJABA EN UNA CAMIONETA de camino al funeral del padre de un compañero cuando colisionamos, primero con un jeep y luego con un camión. Recuerdo que después del primer impacto susurré: «Señor, sálvanos», y así lo hizo. A pesar de los graves daños que sufrió la camioneta, ninguno de los pasajeros sufrimos lesiones graves.

Esa noche, al pensar en el accidente y en cómo había quedado el contenido de mi bolsa, me percaté de la situación de la cual Dios me había salvado. Todo lo que llevaba en mi bolsa estaba roto, agrietadas, abollado y ya no funcionaba ningún aparato, y pensé: «Un poco más y esto podría haber sido mi cuerpo», puesto que llevaba la bolsa sobre el regazo. Podría haber sufrido fracturas de huesos, daños en los órganos e incluso podría haber muerto, pero gracias a Dios, solo tenía un moretón en la pierna.

Como cristianos atravesamos situaciones difíciles a cada momento, pero Dios envía a sus ángeles para que nos cuiden continuamente. Asimismo, las situaciones que experimentamos tienen el propósito de ayudarnos a ser lo mejor que podemos llegar a ser: hijos de Dios perfectos y completos. De manera que, aunque tengamos que atravesar el fuego, no tenemos que hacerlo solos. Como dice Ellen G. White, nuestros ángeles estarán allí con nosotros y disponibles para nosotros: «He visto el tierno amor de Dios por su pueblo, y es muy grande. Vi ángeles que extendían sus alas sobre los santos. Cada santo tenía su ángel protector. Si los santos lloraban desalentados o estaban en peligro, los ángeles que sin cesar los asistían, volaban con presteza a llevar la noticia» (Primeros escritos, cap. 4, p. 61).

Al final, al igual que el Salmista, diremos: «Dios nuestro, tú nos has puesto a prueba, ¡nos has purificado como a la plata! Nos has hecho caer en la red; nos car gaste con un gran peso. Dejaste que un cualquiera nos pisoteara; hemos pasado a través de agua y fuego, pero al fin nos has dado respiro» (Salmo 66: 10-12).

Siempre estarás a salvo bajo sus alas.

 

Chrissie-Ann Salomón

San Vicente y las Granadinas


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