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Milagro mientras estaba de rodillas

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«Ama al Señor con ternura, y él cumplirá tus deseos más profundos». Salmo 37: 4

NUNCA OLVIDARÉ AQUELLA NOCHE. Me encontraba solo en mi habitación en la Universidad del Norte del Caribe con sede en Mandeville, Jamaica. No estaba pidiéndole al Señor que me respondiese en un mes, una semana o incluso en un día; ¡necesitaba una respuesta aquella misma noche!

Como estudiante universitario de tercer año, sentí que antes de irme a casa para las vacaciones, me gustaría saber con quién debía casarme. Suena bastante extraño, pero creía con todo mi corazón que para tomar la decisión correcta, necesitaba que Dios me dirigiese.

Desde hacía algún tiempo, había estado hablando en oración con el Señor acerca de mis diferentes opciones. Estaba preocupado porque quería una joven espiritual, modesta, inteligente, y por supuesto, bella. Mientras observaba detenidamente, limité mi elección a tres jóvenes como posibles candidatas.

Sin embargo, esa noche me había alejado intencionadamente de la multitud. En primer lugar, quería estar a solas con Dios. En segundo lugar, no quería que hubiese ninguna influencia externa. Mi oración era bien concreta: «Haz que la mujer con la que he de casarme me contacte esta noche -y añadí-, pero Señor, si es posible, manda a Fulanita».

Las probabilidades estaban en mi contra; necesitaba tres milagros: ella estaba a millas de distancia del campus universitario, no sabía mi nombre y no tenía un teléfono. Sin embargo, la providencia quiso que el día anterior hubiesen instalado un teléfono en su casa, después de tres años de espera.

Entonces sucedió. Mientras que ella estaba estudiando en su casa, escuchó una voz que le decía: «Llámalo, llámalo». Se debatió durante horas, al ser la voz tan fuerte no era capaz de concentrarse. «¡Llámalo!». El «él» era una referencia hacia mí. Ella tomó el teléfono, y al no saber mi nombre, llamó a mi compañero y le dijo: «Me gustaría hablar con... ¿cómo se llama? El tipo alto de Cayman». El interrumpió mi oración para decirme que alguien quería hablar conmigo.

Zoraida, mi esposa desde hace veintiún años, era estudiante de enfermería por aquel entonces, y no conocía mi nombre; pero gracias a Dios que él sí lo sabía. También sabe el tuyo y está esperando tus oraciones para bendecirte. Nada es imposible para él.

Confía en él y procura cumplir su voluntad. Simplemente no te precipites, porque él sabe qué es lo mejor.

 

Al Richard Powell

Director de Ministerios Juveniles de la División Interamericana


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